A bordo del tren dormido
Imagina que estás de pie en medio de los rieles —dos líneas de hierro que se pierden en la distancia como los dibujos de la escuela—. De pronto, una vieja locomotora respira y silba. Resopla el aire que se llena de humo chuchuchú mientras un pito largo atraviesa el aire y alzan los pájaros el vuelo, como un saludo que anuncia llegadas y despedidas. Afuera, los búcaros encendidos tiñen la vía de naranja y, entre curva y túnel, empieza a andar también la memoria.
En los vagones se acomodan maletas gastadas, encargos envueltos en papel, historias de quienes van y de quienes se quedan. Alguien recuerda su luna de miel rumbo a la estación El Limón, al tiempo que por la ventana se dibuja la inmensidad del río Magdalena, por donde los buques entraban con música y mercancías, trayendo el mundo hasta el puerto. Otros viajan por negocios; jóvenes en búsqueda de aventura, trabajo, amor y suerte; y los abuelos, con sus nietos camino al tan prometido paseo de río, les alcahuetean dulces que se venden en las estaciones. Se aproxima la llegada y se asoman cabezas curiosas por las ventanas y en las aceras de las estaciones hay rostros expectantes a la llegada o partida de los queridos.

*¿Ustedes tienen en sus casas la foto de abuelos, tíos o primos en el Puente Monumental que aparece al fondo?
¿Quién es Claudia Arroyave -Koleia Bungard- y cómo nace este libro?
Leeremos a Claudia Arroyave, escritora y editora antioqueña, hoy radicada en Estados Unidos. Con el seudónimo Koleia Bungard ha publicado cuentos, artículos, ensayos y reseñas literarias. Claudia estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y estas crónicas fueron su proyecto de grado. Para ello emprendió el viaje de Medellín a Puerto Berrío en 2007, para recorrer la ferrovía en sentido contrario. Atravesó durante dos semanas el calor sofocante de las primeras estaciones, viajó en motomesas precarias y desafió túneles y abismos para escuchar las historias, el día a día, los retos físicos, económicos, sociales y políticos de quienes vivieron —y viven— por estos caminos.
Guiada por una mirada crítica y sensible, afinada junto a sus maestros periodistas Juan José Hoyos y Patricia Nieto, Claudia encontró el corazón de su libro en aquello que suele quedar al margen: la vida que emerge cuando el tren se detiene. Porque si bien el ferrocarril movilizó economías y tejió comunidades, también presenció cierres, silencio, abandono y el intento de nuevos comienzos.
Así, mientras otras historias del Ferrocarril hablan de cifras y máquinas, Claudia eligió escuchar a quienes se quedaron, para contar desde sus voces, la otra historia: la de un territorio unido por un tren que duerme.
¿Qué es una estación de tren sin tren?
La apertura de caminos —llámese rieles, autopistas, rutas, vínculos, conexiones, enlaces— siempre ha sido generadora de nuevas oportunidades en múltiples direcciones. Han traído a todos los pueblos abundancia, diversidad y riqueza. El tren conectó el exterior con la ciudad. Ciento setenta kilómetros de vía férrea permitieron recorrer en solo ocho horas el trayecto desde Puerto Berrío hasta Medellín, “lo que antes por caminos de juntas tardaba dos semanas y se corría el riesgo de no llegar al destino, a causa del clima malsano o de la proliferación de bichos”, nos cuenta Claudia en el libro.

Estas crónicas nos relatan lo que fue y lo que persiste por estos caminos del ferrocarril: desde la proeza épica de trazar rieles y un túnel sobre los Andes a finales del siglo XIX para unir el río Magdalena con Medellín, hasta el destino de algunas estaciones (que hoy son entre otras, bodega, casa, relleno sanitario, refugio, abandono, proyectos de parques temáticos o centro cívico y cultural). Atestiguaremos el ingenio y riesgo de las artesanales motomesas, la violencia liberal-conservadora y de guerrillas y paramilitares en algunos de los pueblos por dónde pasaba el tren, además de los mitos de maldiciones, asaltos, evocaciones y recuerdos de aquello que ya no existe o ha cambiado drásticamente.
Aquí algunas crónicas recomendadas:
1. Si quiere revivir el ambiente festivo de un pueblo campesino, donde la música carrilera arma el jolgorio, le recomendamos Virginias y Pavas, un caserío y una estación campesina, que además resalta el contraste entre la belleza arquitectónica de una estación y las ruinas en las que se encuentra en su interior.
Además les proponemos escuchar el pódcast del editor de esta edición, Joaquín Gómez, que en su proyecto radial Que pase el tren, dedica una emisión a conversar sobre la música carrilera. Explore aquí.
2. El tren que unía mundos funcionaba gracias a la coreografía silenciosa de manos que casi nunca aparecen en la historia. Mientras las máquinas avanzaban, otras vidas sostenían el viaje desde la cocina y el cuidado. En El recuerdo de las hojaldras doña Fenívera, una de las últimas cocineras tradicionales conserva la receta de las hojaldras —maicena, azúcar, huevos— que acompañaban el paso del tren. Y en La estación de Berta Papa, la figura de una vendedora que recorrió durante décadas los vagones se enlaza con la voz de doña María Otilia, la encargada de preparar, empacar y despachar los portacomida con el almuerzo para las cuadrillas de obreros que hacían el mantenimiento de la vía. Dos crónicas que revelan otra cara del ferrocarril: la que se cocinaba a fuego lento.
3. Ante la adversidad siempre llega la creatividad, De polines, rieles, clavos y demás es un capítulo temático sobre el reciclaje creativo del ferrocarril: polines convertidos en camas o bancas, y clavos de riel transformados en esculturas de arte por los habitantes de la ruta.
*** Ilustraciones de carátula e interiores: Salomé Patiño. Fotografías: Claudia Arroyave y Juan Camilo Jaramillo.
***La primera edición de este libro estuvo a cargo de Sílaba Editores en 2020, gracias a una beca para la publicación de libros de interés regional del Ministerio de Cultura de Colombia.

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