Palabrario

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Este es un diccionario, un glosario, un palabrario de palabras locales, antioqueñas, montañeras, criollas, en todo caso, de acá y todo completico hecho por mujeres también de acá.

Cabecera Palabras criollas hecho por mujeres de acá
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Popurrí de palabras criollas

Muchas palabras que no están en el diccionario habitan mi léxico. No tienen cabida en los pasillos de la corrección, en las pulcras estancias del lenguaje sofisticado, no pertenecen a los círculos catedráticos. Son palabras desgualetadas, descachalandradas, apachurradas, a las que no dejarían entrar a los salones de la realeza, esa que da bendiciones a lo “bien dicho” y tiene su Santa Sede en España, su catecismo consignado en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua y su clero regado por el mundo de habla hispana, haciéndose cargo de revisar el cumplimiento de esos preceptos que amo y respeto y a la vez me encanta transgredir.

Hay palabras “mal dichas” que son deliciosas, irreverentes, jocosas, ingenuas a veces, sabias la mayoría, palabras que han venido de boca en boca desde tiempos sin memoria, hablando por quienes no siempre han tenido voz ni mucho menos voto, al momento de decidir cómo se llama algo, cómo se dice esto o aquello. Palabras que transmitieron las nodrizas susurrando por “la muela coca” a los hijos de la “gente bien” y que se fueron filtrando por las hendijas de los coladores de la cocina, por los huracos de la ropa deshilachada de las mujeres “de adentro”, las cocineras, las dentroderas de las familias adineradas que se encargaron de “democratizar” los hallazgos del idioma popular para que las clases altas no se perdieran el gusto de entender un mundo al que no tenían acceso.

Como amante de la jerga popular y por mi afición por averiguar lo que ocurre en el mundo, fui arengada con el estribillo metida, sopera, cabeza’e ternera, le falta la cola pa ser cocinera”, en épocas en que ese oficio ejercido con leña en el fogón era sinónimo de esclavitud y no de sabiduría, como apenas ahora se empieza a reconocer. Todo aquello que no proviniera de los sagrados recintos de la pulcritud idiomática, lo guache, para ser más precisos, siempre fue motivo de escándalo para las biatas camanduleras del barrio que solían embejucase con los vocablos que pescaban sus sobrinos en las alcantarillas de los bajos fondos, y causal de risa para quienes poco a poco se fueron volviendo boquisucios y mal hablados de cuenta de la sapiencia popular.

Me piden que elija una palabra de mi gusto extraída del argot paisa y se armó un bololó en mi cabeza porque todas las que tenía en la despensa se fueron apeñuscando, se me alebrestaron los cachumbos, quedé de pelo parado, yo que para eso no tengo inconvenientes —aclaro a quienes no me conocen que soy churrusca, cosa que por cierto a mi mamá le avergonzaba, y tal vez por eso desde que era una petacona me la pasé encaletada en las bibliotecas pa que las burleteras de mi salón que me tenían tirria y cargadilla no me atisbaran de a mucho en los recreos y me hicieran chacota—.

"Vea pues, me gané esa cantarilla" —me dije—. ¿Qué palabra voy a elegir si hay tantas y tan bonitas? —Y enseguida me contesté—: Dejá de ser cismática, escarbá en el caletre, apurá y pensale. Y aquí estoy en esta briega, tratando de sacale capul a la calavera a ver si logro descrestar con algo sin que se note que estoy chicaniando, pa que no digan que esa entelerida, esta caranga resucitada los quiere engatusar con enguandias.

Como me gusta hacer las cosas con harto fundamento y hasta ahora no he dicho nada, ya los debo tener jartos, declaro que sí soy muy novelera, pero no soy lengüilarga y por eso no me voy a poner a piconiar intimidades, ni a decirles que soy muy petecua y muy triscona, como quien dice, muy averigüetas y burletera, que por eso me he pasado la vida brujiando la procesión de palabras que desfilan por las calles y que si me dan cuerda no acabo.