Jardín de las Ideas – Hay Jericó

Hacer de las luchas un canto: la historia de Emiliana Jaramillo

En Jardín, Antioquia, Emiliana Jaramillo participa en la Escuela de Música y defiende el arte como un espacio para que los jóvenes se reconozcan y permanezcan.

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Hacer de las luchas un canto: la historia de Emiliana Jaramillo
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En Jardín, las montañas contienen el paisaje. El sonido viaja distinto ahí. Baja por las calles empedradas, se enreda en los balcones, se queda suspendido un instante antes de perderse. Emiliana, una joven de 17 años del municipio, afina una bandola mientras la tarde cae despacio.

No ensaya sola: alrededor hay otras voces, otros instrumentos, un murmullo que se organiza.

Antes de ese sonido compartido, hubo una casa donde la música y el silencio se repartían el día. Su papá, músico, ponía canciones, tocaba, repetía acordes; su mamá, profesora de yoga, enseñaba a respirar, a sostener el cuerpo en calma. Entre una cosa y la otra, Emiliana aprendió a escuchar a su territorio, a ser sensible, a estar en un estado de constante aprendizaje.

No siempre fue así. Hubo un momento —más o menos en esos años en que todo cambia de forma, es decir entre los catorce o quince— en que dejó de querer cantar. Se cansó, se bloqueó, decidió que no. La música, que había estado siempre, empezó a estorbar. Después vino la pandemia y con ella el encierro, las clases a través de una pantalla, el tiempo suspendido. Lo que antes había rechazado volvió como insistencia: ensayar, aunque no tuviera ganas; cantar en la casa; equivocarse y volver a empezar. No hubo epifanía, sino repetición.

La Escuela de Música de Jardín apareció entonces como algo más que un lugar de formación. No solo aprendió sobre música, también comprendió la manera de estar con otros. La estudiantina, el coro, los ensayos largos. Aprender a entrar a tiempo, a sostener una voz sin tapar la de al lado. Entender que una canción no depende de quien más suena, sino de cómo se escuchan entre todos.

De ese aprendizaje nace otra decisión: cuando le propusieron hacer parte del Consejo de Juventud. Dijo que sí sin tener del todo claro qué implicaba. Lo entendió después: hablar por otros también exige escuchar. Defender la Escuela de Música —ese lugar que nombra como propio— no era solo una cuestión de gusto, sino de permanencia. Sabe que no todos los jóvenes encuentran un espacio así. Y que cuando lo encuentran, algo se acomoda.

Esa misma convicción la llevó al Jardín de las Ideas, en el Hay Festival de Jericó, donde puso en palabras lo que ya venía practicando: que el arte no es un adorno, sino un lugar desde donde los jóvenes pueden hacerse visibles y reclamar su espacio.

Por eso insiste en lo mismo, aunque cambien los escenarios: si un joven encuentra algo que le importa, se queda. No por obligación, sino porque ahí puede reconocerse.

En Jardín, al caer la tarde, los ensayos siguen. Las voces no buscan destacarse: se ajustan. Emiliana entra cuando le corresponde. Afuera, el pueblo continúa su ritmo. Adentro, otro pulso se arma, uno que no pertenece a nadie en particular y, sin embargo, necesita de todos.