Había anotado esa pregunta, algo tentativa para escribir. Era una pregunta inicial para este texto que me daría un camino a seguir. Pero no fue así, porque el camino sinuoso y agrietado es más fragmentario que preciso. La pregunta no es fácil de responder porque enlaza varias respuestas y algunos recuerdos que en mi caso personal salpican lo que pueda decir y escribir. Los clubes, o para decirlo de forma puntual y poco vacilante: un club, una reunión entre entusiastas y conversadores lectores fue mi punto de partida como lector de cómic. Me hice socio de un club y leí. O entré a uno y leí, conocí referencias, libros y abrí un panorama antes desconocido. No empecé a leer cómic de niño sino de adulto cuando escapaba del tedio de las clases de la Licenciatura en la universidad. El club era un respiro en esos últimos semestres donde la sorpresa y la curiosidad estaban en otro lado y las clases de literatura eran pocas.
Los clubes, así en plural, desde esa primera vez, desde ese espacio posible y de amistad, y a lo largo del tiempo han sido y lo son aún, el núcleo donde he ido aprendiendo a leer cómic, a leer en muchas direcciones y a contravía respecto a cómo se lee de forma convencional un párrafo escrito con palabras.
En las tardes del club empezó para mí ese camino con lecturas fragmentadas del American Splendor de Harvey Peaker, el descubrimiento de Asterios Polyp de David Mazzucchelli, la presencia monolítica de Maus de Art Spiegelman, Persépolis de Marjane Satrapi, el primer número de Virus Tropical de Paola Gaviria y otras lecturas que ahora se me escapan. Ese club, entonces llevaba el sello del primer Club de lectores de cómic de Colombia, y pasaba cada sábado, en la tarde, en el Museo del Oro Quimbaya, en Armenia, Quindío.
Fue entonces en un club y no en la universidad donde encontré esa forma distinta de leer. Subrayo distinta porque lo es, pero no subrayo: nueva forma de leer. Lo de nueva fue una idea engañosa que los gurús de lo digital inventaron en la primera década del siglo para promover la lectura del futuro.
Leer cómic es un ejercicio menos secuencial como pasa con la literatura, donde la lectura, en la mayoría de los casos, sigue una línea recta y la articulación de un punto a otro, de izquierda a derecha (para nuestro caso occidental) de palabras, oraciones y párrafos. Al contrario leer cómic es una actividad más holística en la que la observación apunta a muchas de las partes de la página y lo que leemos, en ocasiones es un reflejo de nuestra forma de pensamiento: en mapas mentales, en infográficos, con información que se superpone, con los tiempos narrativos no separados.
Y tal vez, por eso, por esa forma distinta de leer, con algo de persistencia, e infaltables cambios, sigo insistiendo en hablar y leer de manera compartida sobre cómic, que es lo que se hace en un club, y cada vez que veo un nuevo espacio (son muchos los que ahora existen en Colombia) vuelve el entusiasmo, como esa primera vez, porque sé que en esas reuniones y las conversaciones con un cómic como protagonista se están abriendo nuevos caminos para lectores.
Una de las primeras referencias cuando se hacen invitaciones a un club de lectores de cómic es la sugerencia implícita a dibujar. Muchos lectores desprevenidos que tienen un paquete de juicios a la mano creen que para ser lector de cómic hay que ser dibujante, o se va a un club de lectores de cómic porque se es un fanático de tiempo completo. Hay asistentes a los clubes que se dedican al dibujo (bueno todos somos dibujantes, aunque no de oficio y trabajo) pero el oficio como dibujante o la dedicación como aficionado no son condiciones para leer. Así como no es necesario ser escritor para leer literatura o hacer cine para ver películas.
Hay una idea que siempre repetía, ahora lo hago cada vez menos, en algunas presentaciones y conversaciones en los clubes, era una frase del investigador español Santiago García: “Los cómics son una forma de arte como tal”. La afirmación, contundente y más que una definición sobre un cómic o lo que es un cómic, sirve para aclarar que esta forma de arte no es un medio o un subsidiario de una forma de arte reconocida.
Las respuestas a la pregunta no encaran una receta a aplicar o un modo de hacer un club, y mucho menos son una vindicación rápida. Además de que estoy un poco cansado de las justificaciones sobre por qué debemos leer cómic, como si la conversación implicara una promoción doctrinaria. Lo que hay con los clubes, más allá de un objetivo y una intención institucional son las posibilidades de lectura que una página ofrece, posibilidades que se extienden en muchas direcciones: ventanas, líneas, aspectos de diseño, formas que intervienen en la narración. Estructuras que se abren para que unos lectores, seguramente poco acostumbrados a leer cómic se encuentren con libros, dibujantes, formas de edición, nuevas preguntas y modos de narrar. Posibilidades para acercase a la lectura de imágenes, la lectura de colores, la indicidad de la línea de dibujo, la lectura de los espacios y su construcción (la arquitectura), la composición articulada de elementos en página (diseño gráfico) y la puesta en escena de lo que se cuenta en la página (el teatro).
Ante la falta de más cátedras sobre cómic en universidades, un club es una alternativa, aunque lateral, de mantener un diálogo que no se da de forma tan abierta como sucede por ejemplo con la literatura. O con lo masivo del cine, las series, los videojuegos. Formas de arte y entretenimiento de fácil acceso, circulación y consumo rápido, y de fácil opinión.
Con el cómic, a pesar de que son un arte popular (ese es su origen), gráfico y narrativo, hay resistencia: ¿Resistencia a qué? Algunos lectores me han dicho que no les gustan, que no pueden con todas esas cosas que aparecen en la página. O Simplemente dicen: “No me gustan”. A lo cual pregunto, ¿Por qué? ¿Qué has leído? Y la respuesta cerrada es la misma con algunas variaciones: nada, no me gustan. Tal vez por eso, y el lastre de validación, censura, imagen cómica e infantil (esto no es un problema pero se vendió como tal), en los últimos años se ha tratado de promover al cómic como una forma de arte “adulto”, que maduró (se volvió costosa para el lector popular) y siguió un proceso de evolución en línea recta, dejó atrás su lado salvaje, y es ahora, para felicidad de todos un arte narrativo más serio e importante. Tanto así, tal es esa supuesta importancia, que en los últimos años se ocupa de temas de gran “interés” literario e informativo.
Lo anterior encierra un error derivado de la validación a la fuerza. Esa manera de nombrar y justificar y encarecer al cómic ha sido una forma hábil de hacerlo atractivo a lectores no ocasionales, o empaquetarlo en planes de lectura, o revestirlo de una licencia para que entren sin reparo a algunas bibliotecas e instituciones. Así han aparecido seguros temáticos y un conformismo político que ha hecho que el diálogo esté constreñido bajo el activismo social. Muchas lecturas y cómics en Colombia y otras parte del mundo ganan espacio por la importancia de su tema y no por su belleza gráfica, no se conversa sobre ellos por sus lecciones narrativas (en cuanto a diseño, o su forma, sus materiales, las texturas) sino por el tema que venda su título. Un tema que en muchos casos se puede resumir en un par de párrafos escritos y no en una simple cartilla con dibujos. Ante todo esto, hablar, discutir, construir espacios críticos para hablar de cómic es más que necesario.
Ahora bien, volviendo a la pregunta inicial, después de tanto desvío y sin el camino del recetario para hacer un club o la descripción del método fácil y rápido. Leer y discutir de forma pública y colectiva sobre un cómic implica muchas de las posibilidades antes mencionadas, posibilidades y alternativas que nos acercan a una forma de leer que conectan con otras disciplinas, no solo las narrativas, haciendo que los lectores nos desprendamos del nicho y apreciemos la complejidad que una página puede llegar a ofrecer.




