Reseña

El paisaje es un espejo. Reseña "Antes de que el mar cierre los caminos"

Una novela sobre el duelo, la memoria y el viaje que emprende una pareja para responder las preguntas que quedaron después de la muerte de un hijo.

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El paisaje es un espejo. Reseña "Antes de que el mar cierre los caminos"
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Una pareja camina de noche por un potrero del altiplano. Irene, la esposa, se adelanta un poco; deja atrás a Pablo, que camina lento y triste. Cuando llega hasta el alambrado que la separa del camino, ve un tronco con una rajadura, como si lo hubiera partido un rayo. Del centro brota una resina oscura, parecida a sangre seca. Sin embargo, "bajo la corteza se veía una pulpa blanca. A pesar del rayo, el árbol seguía vivo" (p. 12). 

Con esta escena son presentados los protagonistas de la novela Antes de que el mar cierre los caminos de Andrea Mejía. Antes que los personajes expliquen quiénes son, antes de que conozcamos la muerte de Gabriel o entendamos el peso de su ausencia, la novela nos presenta una imagen, una postal del paisaje. No solo como un escenario, sino como una premisa del desenlace de la historia.   

Quizá en ese tronco Irene alcanzó a reconocer un reflejo del estado emocional de Pablo. Quien después de la muerte de Gabriel, el hijo de un matrimonio anterior, vive como ese árbol: partido en dos. Una parte de sí permanece en un presente espeso en el que su hijo no está; mientras la otra mitad continúa aferrada a un pasado sostenido por su recuerdo. 

"Dos años atrás, sin aviso, habían llegado los días más duros, los de la pura desesperación; habían llegado cuando la muerte de Gabriel ya empezaba a alejarse. Entonces Irene había sentido que el amor no podía nada. Fueron días de agonía para ambos, y habían pasado" (p. 70).

La imagen del tronco no solo introduce la historia. También anuncia una de las formas en que la novela construye a sus personajes. El paisaje nunca permanece quieto: cambia según quien lo contempla. Pablo ve un árbol muerto; Irene todavía encuentra vida bajo la corteza. No es únicamente el árbol el que se describe. Al mirarlo, ambos terminan revelándose a sí mismos. 

Un mismo mar, dos maneras de verlo 

Después de muchos días de apatía, Irene convence a Pablo de viajar a la ciudad costera donde murió Gabriel. Quiere que conozca los paisajes que vio su hijo, que pregunte a quienes lo conocieron sobre sus últimos días y que reconstruya aquello que la muerte dejó incompleto. 

Sin embargo, cuando llegan, descubren que la ciudad también carga sus propias heridas. Es una ciudad que parece el fantasma de un fantasma, un puerto olvidado que todavía conserva la infraestructura deteriorada de cuando fue un centro de extracción petrolera. Frente a ella permanece el mar, pero tampoco ese mar es el mismo para ambos. Irene todavía se deja sorprender por sus colores y el sonido de las olas. Pablo, en cambio, solo ve el lugar donde apareció el cuerpo de Gabriel ahogado. 

"En sus pupilas se extendía el mar. El mar esperaba la lluvia y acumulaba fuerzas para participar en la tormenta" (p. 84). 

La novela parece insistir en una idea sencilla y poderosa: el paisaje habla por sí solo, pero dependiendo de la mirada este se revela diferente. El mar permanece con sus colores, con sus sonidos, con los restos del petróleo, pero cambia según el dolor, el miedo o el asombro de quien lo observa. Los personajes no describen el mundo, lo reflejan; y al describirlo, terminan describiéndose a sí mismos.  

Antes de la historia estuvo el paisaje 

Por eso el paisaje no funciona como un fondo sobre el que ocurren los acontecimientos. Comparte el peso de los personajes. Mientras Pablo atraviesa el duelo e Irene intenta encontrar una forma de acompañarlo, la ciudad también cuenta su propia historia: la de un territorio marcado por la explotación petrolera y por la violencia de grupos armados. Ambas narraciones aparecen entrelazadas desde las primeras páginas, cuando la novela empieza describiendo los fuegos de una plataforma mar adentro. 

"Los grandes fuegos no pueden verse desde la costa. Arden a kilómetros mar adentro. Arden de día y durante noches. El humo sube como de hornos ocultos en la profundidad del mar y oscurece el cielo. Cuando los pozos mueran, las plataformas quedarán vacías, incrustadas en el mar que seguirá expulsándolas" (p. 9).

En una entrevista para El País de Cali, Andrea Mejía contó que esa imagen fue el origen de la novela. Antes que los personajes, antes que la historia, apareció el paisaje. Durante un viaje por la costa Caribe observó un pozo petrolero mar adentro: "Esas antorchas con grandes fuegos sobre el azul o el gris del mar me sobrecogían y me llenaban de algo incomprensible". 

Tal vez por eso la novela comienza describiendo ese horizonte. Porque el mar, la costa y la plataforma existían antes que Irene y Pablo, antes que Gabriel; y porque todos estos elementos forman ese paisaje que permanecerá después del final de esta historia. 

“Dejaron la ciudad y la vida cerca al mar. Estarán trabajando en el interior. A otros se los llevaron Los Blancos. Van por ahí, siguen órdenes. Ya no pueden reconocer lo que es suyo. [...] El lugar había cambiado con el tiempo, pero era el mismo río, la misma noche, las mismas nubes negras de mosquitos que subían zumbando desde el cauce cenagoso del río” (p. 177)   

La naturaleza también recuerda 

No es la primera vez que Andrea Mejía escribe una novela en la que el paisaje es escenario y personaje. 

En La sed se va con el río, el río Nauyaca atraviesa las montañas y con él se desplazan las voces y la desaparición de Jeremías. En La carretera será un final terrible, la montaña encierra; una casa detenida entre la niebla concentra los días de una mujer que escribe y recuerda. En La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad y Quietud, el paisaje aparece fragmentado en selvas húmedas, montañas cubiertas por la bruma y espacios domésticos donde el cuerpo sostiene, o deja de sostener, la memoria. 

Leídas junto a Antes de que el mar cierre los caminos, estas novelas parecen insistir en una misma intuición: el paisaje nunca permanece afuera. Se adhiere a los cuerpos, modifica la manera de mirar y deja marcas que no desaparecen. Entre lo que rodea a los personajes y lo que ocurre dentro de ellos no existe una frontera clara.   

Aprender a mirar 

Hacia el final, el mar no se aquieta del todo. Sigue moviéndose, como si todavía guardara algo por decir. Pablo se acerca y se detiene. Irene observa los bordes, el ritmo de las olas. El agua sigue siendo la misma, pero ya no significa lo mismo para quienes la contemplan. 

Queda entonces una imagen: el agua avanzando sin urgencia, ocupando su lugar. En la orilla, dos cuerpos que miran el mismo paisaje, sostenido de maneras distintas, como si en esa diferencia todavía se guardara algo que no termina de decirse.

Por: David Ossaba Salazar