Escaleras arriba
El centro de Bello es el lugar de las vueltas y las devueltas. Parqueaderos, ferreterías, alquiler de vestidos, colchonerías, mueblerías, una que otra farmacia, restaurantes y charcuterías. Cinco o seis clínicas odontológicas, dentisterías, como se diría en otros tiempos. Vendo, vendo, vendo. Compro, compro. Bancos y cooperativas porque también presto y fío. Fabricamos, limpiamos, reparamos. Además, destaquiamos sin romper. De almuercito le tenemos pollo frito o asado, arroz con pollo, delicias del mar. ¿Qué necesita? ¿Comprar un par de pilas, reparar el celular, sandalias en promoción, o un bluyín bueno, bonito y barato? Adelante, bien pueda. Allí, a media cuadra de la autopista norte sobre la carrera 49, en medio de la algarabía y ebullición, está la sede Comfama Bello Centro.
En el primer piso está el CIS, es decir, el Centro Integral de Salud. Y es ahí, curioseando el edificio, esperando el turno de atención o haciendo tiempo entre citas, donde muchos descubren que un piso más arriba hay una acogedora biblioteca. Fue el caso de Xiomara y su mamá, Fanny Cerón de Arangón, de noventa años, que visitan de lunes a sábado, sagradamente, la biblioteca de Comfama.
“Manteníamos de cita en cita aquí en la EPS, un día buscamos dónde tomarnos un café, exploramos el tercer piso y descubrimos un tesoro”, cuenta Xiomara. “Venir aquí hace parte de nuestra rutina. A mi madre, que tiene alzhéimer, le hace mucho bien la caminada, asistir a las actividades, así después no las recuerde, su cerebro está activo, hablando y compartiendo aquí con todo el mundo”.
No hay tarde que no hayan participado en las actividades de la biblioteca. Vienen al costurero literario, donde no solo tejen y leen sino que entre punto y punto se cuentan sus problemas y a veces hasta los resuelven, a los talleres holísticos donde hacen yoga y meditación, a los clubes de lectura y al grupo de alfabetización digital para adultos mayores.
En este último, aprenden a sacarle el mayor provecho a sus celulares, esos aparatos que se les aparecieron en la vida para enredarla o facilitarla. Cada ocho días, los miércoles, veinte personas se juntan dos horas y aprenden a sacar documentos, a pedir citas médicas, a escanear, a transcribir audios, a tomar fotos, a adjuntar archivos. Tareas sencillas para los jóvenes pero que para los viejos son todo un reto. Practican, anotan, repiten, preguntan y vuelven a preguntar.
“No es fácil. Pero el otro día llegó una señora celebrando, contándome que había hecho una tarjeta de cumpleaños muy linda y que hasta la había enviado por correo. El triunfo está en no tener que acudir a nietos e hijas que andan ocupadas o que simplemente no tienen las herramientas o la paciencia para enseñarles”, comenta Alejandra Mejía Narváez, la facilitadora del grupo, o profe, como le dicen las señoras.
En cualquier momento llega a la sala de espera del CIS alguno de los gestores o facilitadores de Comfama a leer un cuento, o un poema, o el fragmento de una novela. Es una forma de decirle a la gente: “Estamos aquí arribita, en el piso que sigue”. Escaleras arriba como si se subiera a una casita en el árbol, la biblioteca se presenta como un refugio con su propio jolgorio en medio del agite bellanita.

La biblioteca que nació en una fábrica
Dicen que si uno levanta una piedra en Bello, aparece un artista. De ahí su chapa de Ciudad de los Artistas, respaldada por una larga lista de poetas, pintoras, escultores, músicos y cronistas bellanitas, además de personajes como Marco Fidel Suárez o Lola Vélez. Pero antes que artista, Bello fue obrera. Y hubo una empresa que influyó no solo en la vocación cultural del municipio, sino también en la biblioteca de esta historia: la Fábrica de Hilados y Tejidos del Hato, hoy conocida como Fabricato.
En el Primer Foro por la Cultura en Bello, en 1990, Ligia Penagos contaba que entre las primeras instalaciones de la fábrica se incluyó un quiosco para tertulias. La idea vino de uno de los primeros campesinos contratados por Fabricato: don Tomás Saldarriaga. Tomasito era un hombre de frente amplia, solitario colmillo derecho y delgado bigote paisa, que descansaba desgarrando el silencio de las noches con su tiple y sus coplas montañeras.
Luis Alfredo Atehortúa Castro explica en su tesis El movimiento cultural del municipio de Bello, que la política de Fabricato respondía al proyecto de una élite antioqueña que concebía el desarrollo social subordinado a las necesidades de la empresa. La compañía buscó moldear no solo el entorno urbano y el uso de los recursos, sino también una cultura obrera laboriosa, cristiana y obediente.
Por eso desde los años treinta se instaló una comunidad religiosa y un capellán para vigilar la moral de los trabajadores, especialmente de las obreras. No fuera a repetirse una huelga como la de la Compañía Antioqueña de Tejidos en 1920, liderada por Betsabé Espinal.
Como suele suceder, los curas pronto empezaron a impulsar acciones culturales. El padre Arnulfo Hernández, por ejemplo, consiguió una pequeña colección de libros y la puso en unas estanterías a la salida de la fábrica para que los trabajadores se los llevaran a casa. La colección creció tanto que terminó al lado de la fábrica, en una casa finca rodeada de mangos, ciruelos, aguacates y guayabos. Esa casita, que abrió sus puertas al público general en 1959, se convirtió en la primera biblioteca del municipio.

Nace una bibliotecaria
A esa biblioteca llegó Janeth Giraldo a barrer y a trapear. Tenía veintiún años y acababa de graduarse como analista y programadora de computadores, la carrera en boga. No era lo que esperaba. Pero su padre, trabajador de Fabricato y desesperado por verla colocada, pidió que le buscaran un puesto.
“Don Delio, tengo que cubrir unas vacaciones en oficios varios, es lo que tengo para ofrecerle a la hija suya”, algo así le dijeron y él, ni corto ni perezoso, habló por ella: “Hágale que sí, ella hace eso”. Así fue como escoba y trapeadora en mano entró a trabajar a la todavía boyante empresa de textiles más importante del país.
Pero lo de los oficios varios era solo por la mañana, por la tarde su cargo era de secretaria. Entonces, como cualquier protagonista de telenovela, a mediodía cambiaba el uniforme y los elementos de limpieza por tacones y vestido sastre. Así estuvo a lo largo de dos meses, hasta que contrataron a alguien para los oficios varios y a ella la dejaron fija en la secretaría, la cara de la biblioteca, el primer rostro que veían trabajadores e hijos de trabajadores al entrar en busca de algún libro, de una pista para resolver una tarea. De ese tiempo mucha gente todavía la recuerda. “Usted era la de la casita”, le dicen, y hacen memoria con su relato de cuando ella se sentaba con los estudiantes a ayudarles a buscar lo que estuvieran buscando.
Fue en 1994 cuando Fabricato, en medio de la gran crisis que sobrevino a la hasta entonces gran industria textilera antioqueña, decidió que debían cerrar la biblioteca. Janeth recuerda con tristeza aquellos días en los que se hablaba de un cierre inminente, de entregar los libros a la administración municipal. “Eso era casi que darlos por perdidos”, dice Janeth. Junto con su jefe estuvieron haciendo fuerza y gestiones para que la biblioteca tuviera un destino distinto. Y el destino lo cambió Comfama heredando los libros y a sus tres empleadas.
Hasta su jubilación en 2025, Janeth acompañó a la biblioteca en todos sus ires y venires: de la casa campestre a la sede Comfama del barrio Pérez en 2019, y luego a su sede actual en el centro de Bello. “A pesar de que no estudié bibliotecología, siempre estuve aquí con muchas ganas de aprender algo nuevo cada día, de hacer algo diferente. Y esa fue la oportunidad que tuve aquí entre sus pasillos, libros y lectores”.
Manuelito, de cariño
Entre los lectores más devotos de la biblioteca está Manuel Arango Londoño. Manuelito se mueve aquí como si estuviera en su casa. Y lo ha sido desde que era estudiante y la biblioteca quedaba al pie de Fabricato, entre árboles y manga. “Recuerdo mucho el sabor de los mangos maduros entre la lectura”, dice, degustador tanto de letras como de frutos. “La biblioteca quedaba al frente de Cotrafa, donde estaba el Marco Fidel Suárez. Era un entorno lleno de solares, árboles, tapias, tejas…”. Eran los años setenta cuando empezó a frecuentarla y se quedó para siempre.
“Cuando estoy con ganas de chicanear les digo a los amigos: si me quieren encontrar búsquenme en la biblioteca de Comfama”. Por la mañana, muy a primera hora, leyendo prensa. Enseguida, con un libro. Ayer leyó uno de Piedad Bonnett, hoy está con Discurso y verdad de Foucault. Los viernes, fijo, a las cuatro de la tarde estará en el cineclub. Es Manuelito. Sí, con el diminutivo. Aunque antes, cuando lo empezaron a llamar así en el Centro de Historia de Bello en 1995, le molestaba el apodo. “Yo soy una persona de baja estatura, por eso el mote, me chocaba, pero ya no, ya lo tomo como una expresión de cariño”.
Manuelito nació en Salgar, pero como su padre era conductor salió muy pequeño de allí. Con su familia vivió en Sonsón, en Itagüí y en Envigado, hasta que en 1974 se instalaron en Bello. Tenía catorce años cuando vio por primera vez la choza de Marco Fidel Suárez. “Recuerdo que la vi enorme y me impactó mucho”, tanto que desde ese momento empezó a explorar la historia del municipio.
Recuerda Santana, barrio en el que vivía y que fue construido por Fabricato para sus trabajadores, como un lugar donde todos se conocían. Una de sus anécdotas es que un día, acolitado por un vecino que era supervisor en la fábrica, se presentó a una entrevista para trabajar allí. Pero por alguna parte se filtró la información de que estudiaba en el Pascual Bravo, “un colegio nacional, revolucionario, contestatario; les tirábamos piedras a los buses del transporte sin subsidio…”. Y eso le cerró las puertas.
Sin embargo, no perdió el empleo que hacía con aquel vecino, Gonzalo Castro, en el mantenimiento de algunas piezas mecánicas de la empresa. Ese rechazo no lo lamenta. De haberse empleado en Fabricato hubiéramos perdido al Manuel que hoy narra, escribe y hace parte de las historias, la literatura y la cultura de Bello.
Hoy en día anda de tenis, huele a fresco y lo desubica la mala ortografía. Cuenta que cuando se pone las gafas queda como un intelectual. “Pero un intelectual orgánico, como lo explica Gramsci”. Como buen historiador que es, le gusta la prensa y goza de buena memoria. Al preguntarle por los suplementos culturales que le gustaba leer menciona Fabricato al día, revista bellanita que promovía y promocionaba artistas colombianos, y además incluía literatura, arte, noticias industriales e internacionales.
—¿Por qué cree que la gente sigue viniendo a la biblioteca si ya todo se puede consultar desde los celulares?
—La biblioteca es un lugar lleno de vida. Aquí se viene a leer, sí. Pero también a estar con el otro, a conversar, a las actividades, incluso a dormir. Además las pantallas dan mucha fatiga visual. Desde ahí no se puede leer mucho.
—¿No cree que los libros impresos van a desaparecer?
—No. Yo al libro impreso le pronostico vida eterna.
Quererse con los ojos
Ser amigos significa compartir, quererse y cuidarse. Una vez la amistad fue el tema del encuentro del grupo de neurodiversos en la biblioteca Comfama de Bello. Un tema que es también una vivencia permanente, que se les sale por los poros, que se les nota en la sonrisa y en lo que dicen. No son solo palabras: se miran y se dicen que se quieren con los ojos. No pueden ocultarlo. Tampoco tienen por qué hacerlo.
Los participantes tienen edades entre los trece y los dieciséis años, llegan acompañados de mamás y papás y el encuentro lo lidera Luisa Grisales, facilitadora de Comfama. Un encuentro en el que se baila, se juega, se habla, se lee, se ríe y todos participan.
“Los chicos cada día avanzan”, dice la mamá de Juan. “Yo lo puedo ver cuando llega a la casa, porque no siempre lo puedo acompañar, y me dice todo lo de los cinco sentidos, las partes del cuerpo, me describe fotos, quiénes están ahí... Veo que él está avanzando porque me cuenta las cosas que suceden aquí. Que me narre es un avance, es una felicidad que estos chicos anden juntos y compartan”. En esa experiencia la acompaña otra mamá, la de David, quien asegura que a través del juego afianzan conocimientos que ya tienen adquiridos.
Juego y estimulación son lo que encuentran en la biblioteca. Por eso cuando se les pregunta qué han aprendido en el grupo algunos dicen que han descubierto qué les gusta, como a Mateo las cámaras, a Santiago dibujar, a Juan la literatura y a Mateo “leer de manera creativa”, como ellos mismos lo expresan.
“A veces cuando no hay encuentros tengo que traer a Mateo a la biblioteca porque él me reclama. Entonces se mete a las madrigueras —esos pequeños cubículos incrustados en las paredes para leer recostados—, se pone a leer un cuento, o en el computador”, dice Yary Cano, de la Fundación Sin Límites, entidad aliada de Comfama para este proceso, y madre de uno de los asistentes. “Para ellos es muy importante la rutina, lo bueno es que en la biblioteca siempre hay mucho que hacer”.
El jueves, día de reunión, es el día sagrado. O mejor, el jueves no, el jueves ni siquiera es un día. Una de las mamás lo resume muy bien: “Camilo, ¿qué día es hoy? Le pregunto y él dice: domingo, lunes, martes, música, juego, cine… Ya tiene marcado cada espacio de lo que le gusta”, claro, lo que no le gusta no lo recuerda. Así que el jueves puede llamarse amigos, o libros, o risa, o Lina, la compañera que les gusta. Su ilusión es tal que ya nadie tiene que decirles que es jueves porque ya saben de su compromiso. David es otro que pregunta ese día por la mañana en la casa: “¿Mami, ya está confirmada la clase?”. Y él mismo escoge la pinta, la organiza y se dispone feliz a salir rumbo al encuentro con las profes y sus amigos en el grupo de neurodiversos de tres a cinco de la tarde. Sin falta.

Silencio, estamos grabando
Las cabinas de radio suelen estar aisladas y ocultas. Por eso llama la atención que una gran ventana circular deje ver los micrófonos de una cabina de grabación, bien a la vista de todos, justo al lado del revistero de la biblioteca.
Desde 2019, la cabina ha sido un espacio donde distintos colectivos bellanitas se reúnen no solo para contar historias, sino también para que queden grabadas con calidad semiprofesional. Karen Vargas Trujillo, responsable de administrarla, explica que solo tienen que acercarse con ideas, contar qué quieren hacer, qué recursos necesitan, y se les apoya en todo lo que sea posible.
Uno de los pódcasts que salió de la cabina, fue Entre Bellos Recuerdos. Se grabó en junio de 2024 por los integrantes de Casa Relato, un colectivo interesado en recuperar la identidad, defender el patrimonio y construir memoria viva de todo lo que se haga en Bello. Invitaron a artistas, gestores, historiadores, conocedores todos del recorrido bellanita desde sus inicios hasta la ciudad que es hoy.
“Entre Bellos Recuerdos es un pódcast asociado a la vida comunitaria: hablamos sobre los talleres del ferrocarril, los inicios de Fabricato, el Bello cultural y artístico, los barrios del municipio y su historia. Todo en esta cabina. Para mí, que soy un apasionado de la radio, estar aquí fue fascinante”, cuenta Mateo Rojas, gestor cultural de Casa Relato.

También se han acercado los integrantes del club de lectura de jóvenes de Parques Fabricato, que además son raperos. “Hacen música y quieren contar cómo la hacen, cómo construyen sus letras y dar a conocerse”, cuenta Karen.
Se trata, pues, de un espacio creativo que aporta a la construcción de narrativas y memoria del municipio, que impulsa y amplifica ideas de la comunidad, un lugar para intercambiar conocimientos y experiencias.
Mientras afuera de la sede, el centro de Bello sigue en su bullicio. Arriba, detrás del vidrio circular, el micrófono está abierto para escuchar otra historia bellanita.


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