Un mantel sobre la mesa. Un lápiz en la mano. Alguien escribe: «¿A qué saben las palabras?». La tinta se convierte en salsa. La frase se degusta. Y entonces, en una biblioteca, las historias se cocinan para volverse un banquete compartido.
Durante el mes de mayo, Leidy Ríos, estudiante de artes plásticas y profesional en filosofía, convirtió la biblioteca Comfama de Caldas en una cocina de palabras. Lo hizo a través de “Palabras Sustanciales”, una residencia artística en colaboración con el Exploratorio - Taller público de experimentación del Parque Explora, que indagó la relación entre la lectura y la alimentación desde una mirada poética, corporal y comunitaria. El detonante de esta propuesta fue una particularidad arquitectónica: un pasillo en el segundo piso de la biblioteca que une sin barreras la sala de lectura con la cafetería de la sede. Ese detalle, tan cotidiano como revelador, activó una pregunta central:

La metáfora de la lectura como alimento convoca diferentes escenas de la literatura. Si se revisa la distopía de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury: un futuro en el que todo libro es quemado; y en el que un grupo de personas, de manera subversiva, por el miedo a perder sus ficciones, comienzan a memorizar los libros, a comerse las palabras para encarnar todo lo que guardan. Estos libros humanos se reúnen por el calor que produce una historia, por la necesidad de preservar una memoria viva. Leer y comer, dice Leidy, son actos del cuerpo. En ambos se recibe, se transforma, se incorpora el mundo. Así como el cuerpo sabe qué comida le hace bien, también reconoce las lecturas que le nutren, las que se repiten como un antojo, las que se digieren lento, las que provocan hambre de más.
El proyecto se desplegó en acciones prácticas y significativas. Durante un taller abierto, los asistentes encontraron manteles extendidos sobre las mesas de la biblioteca. Allí escribieron pensamientos, recuerdos, preguntas: «¿A qué huelen las palabras?», «¿Cuál ha sido tu lectura más amarga?», «¿Qué historia te dejó con hambre?». Luego, esas frases fueron bordadas con cuidado.

Leidy también llevó al espacio papel comestible impreso con dichos populares, que rescribió para generar una reflexión sobre la lectura como alimento: «Donde lee unx, leen dos», «A quien no quiere caldo le dan dos libros» «Palabra que no mata, engorda el vocabulario». Gestos que invitan a pensar en lo que tragamos sin pensar, en lo que compartimos sin darnos cuenta. «El alimento no es solo comida, así como un libro no es solo información», dice. Ambos son formas de cuidado, de memoria, de identidad.
En su investigación, Leidy trajo varias lecturas al fogón: Lectura poliédrica, donde se propone que leer puede pensarse como una necesidad básica; El nuevo libro del abecedario, de Karl Philipp Moritz e ilustrado Wolf Erlbruch, que muestra cómo una palabra puede transformarse en un alimento poético, un juego o una imagen. Masa madre, un libro de cocina que evoca ese ingrediente primario con el que se puede empezar casi todo; La pequeña inmensidad, la obra recoge las memorias y experiencias de cuatro bibliotecarias colombianas, quienes han transformado sus territorios a través del fomento de la lectura. Las historias de estas mujeres le llevaron a Leidy a una pregunta clave durante su residencia:
Karin Littau, en su texto: Teoría de la lectura, expone cómo en la historia se ha entendido a la lectura como un acto racional, pero a partir del boom de los estudios de género, se ha comenzado a verla desde su condición femenina, como un acto que no apela solo a lo intelectual, sino que genera emociones y sensaciones. Con esta idea, Leidy cree que se puede entender mejor esa relación entre la lectura y la alimentación, porque al hablar de las dos implica ir al cuerpo, no solo a la razón. Ya no se concibe a la lectura como una mera acción de recopilar información, sino que se asimila que ese acto de seguir un hilo de palabras, de empaparse con otras voces, conmueve y rasguña un poco los sentidos. Al igual que cuando se prueba algo, la lengua explota en sabores, en sensaciones que también conmueven y generan recuerdos, como en el famoso pasaje de El tiempo recobrado de Marcel Proust, que el olor de una galleta magdalena lleva al personaje a un pasado que pensó haber olvidado, a un paraíso perdido.

«Contar una historia también es cocinar algo», dice Leidy. Elegimos palabras como quien elige ingredientes. Medimos el ritmo, como se mide el fuego. Esperamos. Servimos. Leer, como cocinar, requiere atención, y también escucha. Porque un libro cerrado, como una comida no servida, guarda su potencia pero no alimenta.
La biblioteca, entonces, se vuelve alacena. Una despensa de sabores mentales, de ideas fermentadas, de relatos especiados. Un lugar para ir a buscar respuestas o simplemente a oler los libros. También un refugio. Porque para comer y para leer se necesita sentir seguridad. Por eso, quizás, las bibliotecas y las cocinas sean tan parecidas: son reflejos de quienes las habitan. Contienen nuestras preguntas, nuestros vacíos, nuestros antojos.
Conoce más sobre esta experiencia
Un libro, al igual que un plato de comida, no está compuesto por una única historia, por un único ingrediente. Tanto la literatura como la cocina se nutren desde lo colectivo: entre más voces y sabores se enriquece el ejercicio artístico y el culinario. Gracias al equipo del Exploratorio «Vanessa López, Juliana Menjura, Luis Alcaraz, Juan David Restrepo, Samuel Lopera, Andrés Cuartas y Camilo Cantor» y al equipo de la biblioteca de Caldas «Ángela Quintero, Juan Felipe Osorio, Esteban Aristizábal, Sebastián Cortés, Juan David Sánchez, Marcela Ángel y Carolina Restrepo». Todos dejaron su sabor en esta residencia.

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