En la guagua que nos llevaba del Hotel Las Américas hacia los lugares de presentación de la 32 Feria del Libro y la Cultura de Santiago de Cuba, un señor amable y risueño me preguntó a voz en cuello si yo era uno de los poetas colombianos; después habría de enterarme que él era el poeta Reynaldo García Blanco. Al presentarse contó que el poeta antioqueño Porfirio Barba pasó un temporada en Cuba y señaló desde la ventanilla la casa donde se habría hospedado.
El I Encuentro Científico Bibliotecológico de la Asociación Cubana de Bibliotecarios ASCUBI comenzó con la intervención de Colombia, país invitado. En este espacio compartí aspectos sobre los servicios bibliotecarios de Comfama y distintas experiencias a partir de las publicaciones de Palabras Rodantes, incluso compartí ejemplares a manera de donativos para centros de promoción del libro y bibliotecas de la provincia.

Después de la presentación, la reconocida narradora Aida Bahr Valcárcel me contó que en los años 60 se hizo en la Isla la llamada “Campaña Nacional de Alfabetización” después del triunfo de la Revolución. Lograron reducir la brecha de analfabetismo del 41.7 al 3.9% en cuestión de un año. A ese periodo se le daría el nombre de Año de la Educación. Aquello fue posible gracias a un movimiento unificado entre artistas, profesores y las fuerzas militares.
Al lado de la Catedral, visitamos la Gran librería, un lugar en el que pudimos comprar tantos libros como quisimos. Pensando tal vez en Martí, Lezama Lima, Piñera, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Wichy Nogueras o en uno de esos libros con curiosas dedicatorias de sus mismos autores, me dejé guiar por la tentación y compré tantos que tuve que pedir una caja de la bodega para poder llevarlos.

Queríamos aprovechar los títulos que en Colombia eran difíciles de conseguir. Era imposible negarse a tan buen precio y de tan buena calidad en su contenido, aunque no tanto en los tipos de papel. En Cuba un libro puede costar lo que cuesta un café en Colombia. Días después compré más libros y fue difícil organizar su salida del país, especialmente con la revisión aduanera a los viajeros que llevan consigo pilas de libros, buscando los títulos patrimoniales publicados hace más de 40 años y los prohibidos que se persiguen sin cesar por toda la isla.
Una isla que contiene en las manos de sus apasionados, increíbles y asombrosos libreros títulos imposibles de encontrar en otras partes del mundo en ediciones y con detalles inenarrables: Cuba es un verdadero paraíso para los bibliómanos. Así como la lectura puede llevarnos a lugares imaginarios, puede llevarnos a lugares tan reales como esa verdadera isla del tesoro cultural.










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