Un libro público es un objeto extraño: no pertenece del todo a nadie y, sin embargo, guarda rastros de muchos. Para Carolina Sanín, ese libro —el que circula, el que pasa de mano en mano— es un lugar donde se encuentran desconocidos.
Esa sensación de extrañamiento fue la primera que tuvo al ser Bibliotecaria por un Día en el Punto de Lectura de Bodega Comfama. Allí la esperaba una selección de libros que conocía, que había leído y quería recomendar; pero los libros que la recibieron eran ediciones diferentes a las que recordaba, ejemplares con rastros de otros lectores.
Carolina Sanín y las bibliotecas
Leer libros de bibliotecas públicas propone una conversación entre distintas personas. Eso mismo ocurrió en su experiencia como bibliotecaria. La escritora colombiana recordó las bibliotecas que la han acompañado a lo largo de su vida: la biblioteca escolar, donde había pocos libros y tocaba leer lo que estuviera disponible; más tarde, la Luis Ángel Arango en Bogotá, escenario de largas jornadas de estudio e investigación; y luego la Sterling Memorial Library, en Yale, donde pasó tardes leyendo y habitando ese espacio.
Durante su estadía como bibliotecaria recomendó títulos como: Oficios afines, de Paloma Pérez Zastre; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda; El ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys; y Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain. Al hablar de ellos, insistió en algo que entiende como parte del oficio de un bibliotecario: recomendar es un acto de persuasión. Persuadir, dice, no es imponer una idea, sino invitar a que otro mire desde el lugar en el que uno está mirando.
Hoy sigue frecuentando bibliotecas públicas. Confiesa que no es bibliófila: no le interesa acaparar libros ni buscar ediciones especiales; prefiere los libros por sus historias y por los encuentros que generan.
Sus libros y estilo de escritura
En la obra de Carolina Sanín, la pregunta por el lenguaje ocupa el centro de su escritura. Usa el lenguaje para reflexionar sobre el propio lenguaje. Mientras narra, toma conciencia del peso de las palabras y se pregunta por las lecturas que puede suscitar lo que escribe. En ensayos como El ojo de la casa reflexiona sobre las imágenes que organizan nuestra experiencia cotidiana y sobre la forma en que los relatos construyen una realidad. En Somos luces abismales, la escritora se sumerge en sus recuerdos, en sus lecturas y, sobre todo, en el lenguaje, para examinar las distintas facetas del mundo y de sí misma.
Sanín menciona en su columna para la biblioteca digital de Comfama “Ayudarse a escribir” que una de sus mayores dificultades con la escritura es el miedo de “sentarse y entrar en el texto”. Aclara que no es el miedo a la página en blanco sino el miedo a llegar a “aguas oscuras”, a esa materia de la que está compuesta la escritura. Esta confesión recuerda un pasaje de su cuento “Una hoja escrita a mano”. Allí aparece una frase que condensa su sensibilidad: “decir la muerte era decir el mar”.
Sanín afirma que “escribir es el deseo de leer desde otro punto de vista” y que “un texto cambia en el instante en que tiene un lector vivo”. Su literatura interpela y reclama precisamente eso: un lector activo, que se detenga en el espesor de las palabras y esté dispuesto a entrar en un territorio donde el sentido no está cerrado.
Más que ofrecer respuestas concluyentes, sus libros abren un campo de preguntas sobre la identidad, la memoria y el modo en que nombramos lo que nos rodea.
En el fondo, la escritura de Carolina Sanín se parece a esos libros públicos que aprecia: textos que no se agotan en una sola lectura, que admiten marcas, regresos y desacuerdos. Libros que no buscan ser poseídos, sino habitados por distintos lectores.

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