Marina Berri

Marina Berri: Construir puentes entre idiomas

Reseña de Alfabeto Ruso, de Marina Berri. Este libro "nos transporta a todas las Rusias posibles (la pasada, la presente y la futura) a través de su lenguaje, develando aquello que guardan celosamente las letras del alfabeto cirílico".

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Marina Berri: Construir puentes entre idiomas
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En el universo literario, algunas obras nos abrazan con lo familiar; otras, con audacia, nos guían a través de lo desconocido. Alfabeto ruso de Marina Berri, escritora y lingüista argentina, pertenece a este segundo grupo. Con su libro abre un portal hacía las zonas más remotas de una lengua: las palabras que no tienen traducción. La obra se organiza como un diccionario personal: cada entrada está marcada por una letra del alfabeto cirílico y detona una reflexión íntima, una escena doméstica, un recuerdo de infancia, una clase de ruso, un viaje, un dibujo animado, un verso, una historia. La escritora crea un entramado de recuerdos, preguntas, obsesiones y paisajes unidos por una lengua extranjera que se está intentando alcanzar.

Para la autora, el ruso se vuelve un lenguaje paralelo donde lo innombrable encuentra forma. En lugar de definiciones, hay hallazgos. En lugar de certezas, resonancias. Por eso no es extraño que el libro haya sido reconocido con el Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente 2024. Este premio es otorgado anualmente por una red de editoriales independientes del continente para reconocer obras que cruzan los límites del ensayo, el testimonio y la exploración lingüística o estética. Se celebra la audacia de quienes no solo cuentan, sino que inventan nuevas formas de contar. En su edición de 2024, Alfabeto ruso fue destacado por su originalidad estructural, su potencia poética y su capacidad de hacer del lenguaje una experiencia vital. No se premió solo una historia, sino una forma de mirar el mundo a través de palabras ajenas que, de pronto, se vuelven propias.

Durante su paso por Filbo Región, en Medellín, Marina Berri llevó esta propuesta a lugares donde las palabras también construyen comunidad, tuvo encuentros con lectores del club de lectura Lee mí alma y de la Librería Ítaca. En ambos, Berri compartió la experiencia de armar este alfabeto. No era necesario conocer el ruso, ni sus letras, ni sus ciudades de bloques ni sus canciones de cuna. Bastaba con dejarse llevar por el eco de esas palabras intraducibles, por la forma en que tocaban emociones compartidas. Fue suficiente con algunas palabras —nakazánie, castigo; górod, ciudad; jléb, pan— para tener un piso común para la comprensión mutua.

Marina Berri no traduce palabras; traduce emociones. Su libro no busca explicar el idioma ruso, sino mostrar cómo una lengua puede ampliar nuestros horizontes de comprensión. En sus encuentros con los lectores, quedó claro que las historias no necesitan mapas conocidos para movilizar emociones. Que incluso los alfabetos más extraños pueden enseñarnos algo sobre nosotros mismos. Este alfabeto es una forma de contar una vida en desorden: una vida que se piensa en medio de la maternidad, la lectura, la traducción, el aprendizaje lento y amoroso de una lengua extranjera. Berri no traduce del ruso al español; escribe desde el lugar intermedio, la grieta por la cual se fuga la poesía.