Javier Peña

Javier Peña: Las ciudades en la literatura

El autor de Tinta invisible nos habla sobre cómo narrar una ciudad.

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Javier Peña: Las ciudades en la literatura
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En el libro Ciudades invisibles de Italo Calvino, Kublai Khan, sentado en su palacio de sombras y mapas, escucha con devoción las ciudades que Marco Polo le va bordando con palabras. Cada nombre, cada plaza, cada puente, es una invención y una memoria. El viajero hace una pausa, deja que el silencio se acomode entre las columnas y dice:

Al llegar a cada ciudad nueva, el viajero encuentra un pasado suyo que no sabía que tenía (p. 42). 

El escritor español Javier Peña confiesa sentirse cercano a esas palabras. También él viaja buscando sus propios pasados, esos que la literatura le dejó escondidos entre líneas: “Siempre que viajo intento trasladarme en el tiempo a través de las lecturas que he hecho. Me gusta viajar por esos mundos imaginarios”. Para Peña, la ciudad se recuerda a cada paso, se escribe y se arma como un rompecabezas compuesto por muchos relatos. 

Las ciudades literarias de Javier Peña

En su infancia literaria, Londres fue la primera en instalarse en su cabeza, como un lugar compuesto de pasajes dickensianos que su padre le contaba: el rugir de las máquinas, los callejones brumosos. Le siguió París, despojada del cliché romántico gracias a Nuestra señora de París de Victor Hugo, que retrata una realidad más áspera de la capital francesa. Más tarde llegaron las ciudades no visitadas, pero ya conocidas en el imaginario literario: la Bombay de Salman Rushdie, la Indochina de Graham Greene en El americano tranquilo. Peña cree que la importancia de las ciudades en la literatura está en anclar al personaje en un territorio, porque, desde que dejamos de ser nómadas, buscamos un lugar que nos moldee. No se puede presentar a un personaje flotante, despojado del acto de habitar: el clima, el acento, la geografía, todo eso incide en la forma de contar una historia. 

Peña recomienda algunos libros que alumbran el acto de narrar una ciudad. Comienza con El libro del desasosiego de Pessoa, donde en ciertos fragmentos se logra sentir la magia de Lisboa; y siguiendo con la misma ciudad, en Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, se narra la memoria de la dictadura de António de Oliveira Salazar. También se pueden revisar pueblos imaginarios como Comala, en Pedro Páramo, que fragmenta la realidad y juega con los tiempos narrativos. Otra forma de conocer una ciudad es a través de sus muertos; por eso Mariana Enríquez, en su libro Alguien camina sobre tu tumba, recopila las historias que quedan grabadas en los cementerios. De Nueva York guarda varias referencias literarias por los libros de Paul Auster, en especial Brooklyn Follies, en el que destacan lugares que suelen pasarse por alto: la tienda de discos, la cafetería, la librería de libros de segunda. 

¿Cómo narrar una ciudad?

Por lo tanto, para comenzar a narrar una ciudad, se debe afinar la mirada, reconocer esas esquinas que se escapan en un recorrido habitual, destacar las voces que se empañan por la suma de todos los sonidos. Es entender que la ciudad es más que un escenario compuesto de monumentos: se conforma por todas sus partes —sus habitantes, su geografía y su historia. “La ciudad es un conjunto de pequeños detalles. Vamos a comprenderla si comprendemos a su gente”, comenta Peña. Por esto, también es importante narrar esa diversidad de historias presentes, esas que se escapan de los hechos fundacionales, esos murmullos que no llegan a las guías de turismo. Cada acento, cada forma de pedir un café o de nombrar una calle revela un mundo distinto. La ciudad no es una sola, sino tantas como ojos la habitan. 

La última recomendación que da Javier Peña es investigar a las ciudades antes de la globalización: qué había antes del McDonald's, cómo eran las librerías antes de la llegada de las grandes cadenas. De esta forma se entiende mejor su identidad. Esas existencias y dinámicas propias emergen de entre las manchas de las culturas globales, toman una voz libre de estigmas y lugares comunes:

Creo que es importante porque esa es la esencia de la ciudad; lo otro es como una planta invasiva, que va acabando con el ecosistema propio. 

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Por: David Ossaba Salazar