El Costurero Literario de la Biblioteca Comfama Cristo Rey nació de una pregunta: ¿Cómo las manos nos ayudan a recobrar el tiempo pasado? Fue una cuestión que interpeló los cuerpos, pero también ayudó a desenredar la memoria, que a veces se vuelve telaraña. Desde entonces, cada miércoles este grupo de mujeres se reúne para reconstruir recuerdos con una aguja, un tinto en mano y una lectura de fondo para amenizar el choque directo con el pasado.
Entre ellas, El peligro de estar cuerda de Rosa Montero nos acompañó desde el principio. Ella escribe que crear es una forma de no romperse, y quizá por eso seguimos viniendo: porque entre tela y palabra, el dolor se vuelve relato, y el relato compañía.

Palabras con sentido
En uno de los primeros ciclos, “Palabras con sentido”, cada una eligió una palabra para bordar. No era fácil: había que pensar en qué frases nos pesan o nos sostienen. Algunas eligieron verbos —resistir, sanar, volver—, otras nombres propios o apodos que antes dolían. Entonces, con las mismas agujas con las que tejíamos, comenzamos también a hurgar en algunas heridas.
Laura Sofía llegó al costurero con quince años y las manos inquietas. Escogió la palabra "carbón" porque, cuando se mudó a Medellín desde Cartagena, en su nuevo colegio hizo amigos y fantasmas que le gritaban: “¡Carbón, carbón!” por su color de piel. “Me sentía triste, pero no perdida. Así que decidí bordar esta palabra y responder: ¡Sí, soy Carbón!”, confesó con el bastidor en la mano.
La filosofía de los refranes populares
Más adelante, en el ciclo del refranero, los dichos populares se convirtieron en un espejo. “Mi mamá decía que no le lastimara las llagas a Jesucristo porque no teníamos ni un peso”, recordaba doña Gloria entre risas. “Mi papá decía que m ás sabe el diablo por viejo que por diablo”, agregaba doña Ofelia.
Con Filosofía de los refranes populares de Gonzalo Soto Posada entendimos que esos dichos no solo son consejos: también son síntesis de costumbres, pensamientos y modos de habitar el mundo. Pero además son tradición oral, las frases más vivas que conservamos de nuestros padres, reflejos de un tiempo encapsulado en palabras.
A partir de los ejercicios de revisar los refranes más conocidos, cuestionamos sus mensajes, bordamos los más sabios y resignificamos algunos para acercarlos a nuestra realidad. Así, a varias manos, formamos un refranero artesanal donde, en cada puntada, la infancia aparecía como una hebra perdida.

Fotobordados
De la memoria y las palabras pasamos a la imagen. En el ciclo “Fotobordados”, las mesas se llenaron de fotografías. Algunas estaban dobladas en los bordes, otras casi descoloridas. Beatriz trajo una foto en blanco y negro de su mamá con una falda floreada. Mientras cosía, decía: “Ella me enseñó todo lo que sé de las artes, por eso quiero que su vestido tenga los colores que recuerdo”. En ese momento, Beatriz le devolvió el color a la memoria: hizo de un instante detenido en el tiempo un recuerdo vivo. Las fotos se transformaron en objetos de afecto, en un intento de reconciliarnos con lo que fue a través del hilo.
Momentos, de la escritora Silvia Valencia, nos inspiró en ese proceso: en sus páginas descubrimos que la memoria no solo se conserva, también es un objeto sensible hecho de todos los sentidos.
Con el tiempo, los bordados se convirtieron en una conversación colectiva. No siempre hablamos; a veces bastaba con escuchar el roce de las telas, el sonido del hilo que atraviesa. En esas pausas entendimos que la literatura y el bordado comparten algo esencial: ambas nos devuelven al cuerpo, nos enseñan a mirar despacio, a estar presentes.

“Soy un poema”
En el cuarto ciclo quisimos dejarnos empapar por la sensibilidad de la poesía. Buscamos esa mirada lenta y contemplativa para entender cómo nuestras formas de vivir se entrelazan desde la palabra. ¿Lo que uno escribe es similar a lo que uno habla?, fue la pregunta que detonó el proceso artesanal de estos bordados.
También nos acercamos a la escritura poética con el Colectivo Putamente Poderosas, que con la actividad “Soy un poema” nos demostró que cualquiera puede narrarse si se regala un espacio para contemplar. Por nuestros oídos y bordados pasaron las voces de poetas latinoamericanas como Gioconda Belli, María Mercedes Carranza, Gabriela Mistral y Meira Delmar.
Sostener el tiempo entre los dedos
Al final de cada encuentro, cuando los hilos se guardan y el silencio vuelve, queda una sensación de calma. No de final, sino de continuidad. El bordado, como la lectura, nos ha enseñado que el tiempo también se puede sostener entre los dedos. Que recordar no es quedarse atrás, sino hilar lo que somos con lo que fuimos. Por eso seguimos volviendo. Porque en medio de los hilos y las páginas encontramos una forma de escucharnos. De recordar con las manos. De hacer visible lo invisible.
Conoce nuestros costureros
Son más de quince los costureros que se realizan de forma habitual en las bibliotecas del Valle de Aburrá y cerca de una decena los que se tejen en los demás municipios de Antioquia. Esto quiere decir que cada semana, alrededor de 350 personas se reúnen a leer, bordar y conversar. Entre 15 y 25 personas asisten a cada encuentro, donde no solo se lee: se escucha, se recuerda, se crea.

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