Cita de la esperanza es un proyecto que nació en el Punto de Lectura de Comfama en el Hospital San Vicente Fundación Medellín. Desde hace tres años esta iniciativa comparte lecturas en voz alta con los pacientes, sus acompañantes y el personal de esta institución de salud.
Habitación por habitación, independientemente del diagnóstico de las personas que allí aguardan, las historias de autores como Ilan Brenman, Fran Pintadera, Keiko Kasza, entre otros, disminuyen por unos minutos la intensidad del sonido de los monitores de signos vitales y complementan los medicamentos con una buena dosis de humanidad.
La indumentaria de los mediadores de Cita de la esperanza es similar a la del personal médico, pero se las han ingeniado para que los tapabocas dejen filtrar los gestos del rostro que reflejan las emociones de las historias; para que la doble bata no impida la movilidad que recrea a los personajes; y para que los guantes les permitan tomar en el aire los instantes bellos de las sesiones de lectura.

Ingresar a cada habitación es ingresar a un universo de historias distinto. Dado que algunos pacientes permanecen pocos días, mientras que otros pueden estar meses, los niveles de aproximación a cada universo varían. Tiago es un ejemplo de aquellos que se dejaron habitar profundamente por el programa. De sus cerca de dos años de vida, ocho meses los pasó junto a su madre en un sala de pediatría en el Hospital Infantil. Después de todo este tiempo de acompañamientos semanales, se construyó un vínculo muy cercano entre mediadores y familia; tanto, que el día que dieron de alta a Tiago todos lo celebraron con una última lectura: El más poderoso, de Keiko Kasza.
Este cuento narra la historia de tres animales que encuentran por casualidad una corona de oro. Cada uno afirma que le pertenece porque la corona está marcada con un letrero que dice: "Para el más poderoso". Deciden entonces que quien logre espantar más a una viejita que viene pasando por ahí se quedará con el título. Ninguno se imagina la sorpresa que les espera por atreverse a hacerlo. Tiago se rió y aplaudió con cada giro dramático de la historia. Ver esas reacciones en el pequeño fue una muestra de su evolución lectora, cada vez podía seguir con mayor facilidad el hilo de las historias. Además de las mejoras en su salud, salió con un bagaje de relatos y de estructuras narrativas. Sin duda regresó más poderoso a su casa.

Una transformación parecida tuvo lugar en la Sala de Lactancia del Hospital Infantil. Allí, Anabel y Mishell, mamás de dos pacientes, fueron de las primeras personas en participar de Cita de la esperanza. Cuando iniciaron las visitas, ambas eran acompañantes silenciosas. Una de las acciones que más realizaban era calmar a sus hijos, quienes lloraban un poco al ver ingresar personas con bata blanca a la habitación. Con el tiempo, los pequeños aprendieron a distinguir a los mediadores del personal médico porque los primeros siempre ingresaban con un libro en las manos. Al momento de conversar sobre lo leído, las madres respondían como si se tratara de contestar las preguntas en un aula de clase, como si buscaran la respuesta que el profesor quisiera escuchar. Lo cual contrastaba con el asombro de los niños al asomar sus rostros en cada página de los libros.
Un día se les propuso hacer un ejercicio de introspección para intentar otra manera de comunicación. Se les dio una hoja en blanco y un bolígrafo para que contaran cuál había sido el libro que más les había gustado en las intervenciones. Anabel escribió que Un hueco de Yael Frankel porque “se trata de un vacío en el pecho que se puede llenar con mucho amor (…) y nos ayuda mucho a reflexionar que todo no termina, que apenas comienza”. Mishell, por su parte, eligió Cosas que pasan de Isol, ya que una vez le pasó que su hijo “estaba un poco recuperado y yo quería que él estuviera más aliviado. Pero he aprendido a ser más comprensiva”. Desde ese día el silencio se convirtió en una conversación de lado y lado y el miedo se transformó en paz interior.
Cita de la esperanza busca dibujar un paisaje literario en los corazones de los pacientes y sus acompañantes, un paisaje que sea casi tan hermoso como los atardeceres que se filtran por todas las ventanas del Hospital San Vicente Fundación Medellín, intentando acompañar y apoyar a sanar heridas no visibles y en algunas ocasiones no tangibles.




