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Dinero y tiempo

Reseña De re impressoria, de Aldo Manuzio

Cabecera bibliotecas nuevas lecturas > Reseña De re impressoria, cartas prologales del primer editor, por Daniela Gómez
Dinero y tiempo
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Aldo Manuzio es el antecedente más claro de un editor como lo entendemos en la actualidad. En el siglo XV se involucró en el negocio de la impresión con un proyecto que iba más allá de dominar la máquina para reproducir ciertas obras comercialmente prometedoras. Su idea era recuperar las versiones originales de los grandes clásicos griegos, que habían sufrido mutilaciones y malas traducciones a lo largo del tiempo. El propósito se cumplía en varios niveles: rearmar las mejores ediciones posibles, al tiempo que publicaba gramáticas y diccionarios que ayudaran en el aprendizaje del idioma, una empresa que se facilitó gracias a la migración de intelectuales de la península de los Balcanes hacia Italia.

A Aldo se le deben varias innovaciones en el arte de editar que terminarían por darle forma a los libros modernos: el tamaño de bolsillo, que facilitaba el acceso y el transporte de los ejemplares, la creación de tipos más legibles, la instauración de una puntuación y de una forma de composición de las páginas más generosas con el lector. También se le atribuye la aparición de los prólogos, que concebía “casi como un escudo”, para guarecer los libros de los embistes venideros. Ya dada fe Manuzio de lo que el tiempo podía hacerle a un libro.

En De re impressoria, cartas prologales del primer editor (Ampersand, 2022), se compendian algunos de los textos que Manuzio escribió para acompañar los libros publicados por él, seleccionando de cada uno los apartes enfocados en el asunto editorial en sí: el proceso de trabajo con los textos y todos los descargos, plegarias y alabanzas del italiano contra la guerra, a favor de la literatura y de sus benefactores.

De todo lo que podría concluirse de los comentarios de Manuzio, que dan información para entender el oficio, el auge de la imprenta y la construcción del canon literario occidental, hay dos aspectos que sobresalen por su recurrencia, su pertinencia y su verdad: Manuzio les pide a los lectores, sin retórica y con una honestidad clara, que compren sus libros. Sin ese gesto, y pese a sus mecenas, su proyecto podía morir. “Nobles jóvenes y estudiosos de la literatura”, escribió en 1495, “tienen lo que les prometí en el frontispicio del libro. Permanece ahí para que ustedes nos muestren mucha gratitud, la que consideraré muy abundante si compran nuestras obras sin demora”.

En disputa con los gastos está el problema del tiempo. Manuzio insiste en lo arduo de su tarea, en la dificultad de perseguir ediciones previas, cotejar versiones, traducir y vigilar a los impresores, que componen las páginas tipo a tipo, para que en un descuido de composición no borren todo el esfuerzo de fidelidad asumido por los editores. Hacer buenos libros toma tiempo, es la moraleja. Tanto que Manuzio a veces debe sufrir la lentitud no solo por el gasto acarreado, sino al ver desaparecer a los autores a los que hubiera querido honrar con la publicación de sus obras, pero la velocidad de la muerte le gana el pulso a la dispendiosa tarea de construir de manera análoga la vida pública de un manuscrito.

A los editores siempre les hará falta tiempo y dinero. Con la paradoja de que quienes suelen tener más dinero no tienen tiempo, y viceversa. Esta trampa fue sorteada de cierta manera por Manuzio, quien aclaró para nosotros todas las grandes preguntas relacionadas con el oficio del editor, incluso cómo hablar con los lectores y crear una comunidad en torno a los libros: ante la falta de dinero y la imposibilidad de llevar a cabo todo su proyecto por sus propios medios, Manuzio respondió haciendo amigos.

Lo conocemos como editor, además, porque sabemos que se rodeó de sabios —un primer comité editorial— que lo asesoraba en la toma de decisiones y en la búsqueda de manuscritos. De sus amigos y de los intelectuales que admiraba provenían las traducciones y comentarios que mejoraban las ediciones de los títulos elegidos. Sus prólogos están salpicados de mensajes amorosos a hombres enfrentados a su mismo desafío, la enseñanza del griego. “Nosotros dimos lo que pudimos”, dice en uno de los prefacios, para excusarse por posibles errores, insalvables en el proceso de edición. Nosotros, dice Manuzio, que se sabía muchos.