Antes del viaje hay preguntas. Algunas fundadas a partir de los miedos, otras del desconocimiento. Quizá por eso viajamos, para perder el miedo a lo desconocido. ¿Por dónde empezar? ¿A dónde ir? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cómo llegar? ¿Qué llevar? O preguntas más profundas como: ¿cuál es la historia de ese lugar?, ¿qué costumbres o vicios tienen sus habitantes?, ¿cuáles sus creencias?, ¿a qué le temen?, ¿qué les gusta y qué les disgusta?, ¿qué temas les generan más interés?
Este año Palabras Rodantes dedicará sus títulos a pensar en el viaje. El viaje en sus múltiples formas. Este primer texto, La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne, viene en dos tomos —no es un viaje corto, debemos hacer la escala, el trasbordo—. Es la primera vez que Palabras Rodantes publica un libro de esta manera (ya te contaremos por qué). Una obra clásica, bella y reveladora para toda la familia.
¿Quién era Julio Verne?
Fue el mayor de cinco hijos de una familia burguesa de Francia. Nació el 8 de febrero de 1828. Rebelde desde niño, estuvo siempre atraído por la aventura. Bajo esta misma premisa, se graduó como abogado, al igual que su padre, pero luego se dedicó a la escritura de novales de viajes, ficción y aventura, hasta el punto de convertirse en un autor imprescindible y uno de los más traducidos en la historia.

Antes de abordar este viaje dos por uno, les invitamos a jugar con estas cuatro recomendaciones que, si Julio Verne estuviera entre nosotros, nos haría antes de un viaje. El viaje que también se hace cuando comenzamos un libro.
1. Arma una biblioteca antes de salir a viajar
Para escribir La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne se valió de las bibliotecas para leer. Y no poquito. Leyó sobre geografía, astronomía, matemáticas, historia y demás temas que lo llevaron a conocer lugares remotos. Así pudo hacer que su personaje de ficción, Phileas Fogg, el protagonista de esta historia, se aventurara a emprender su viaje por lugares que solo conocía a través de sus libros.
A propósito de ello, aquí dos detalles muy bellos de este libro que nos revela Marcela Guiral, la editora de esta edición, en el prólogo:
Esta novela se publicó en dos tomos para poder disfrutarla en su versión completa, porque como lo cuenta ella, “muchas han sido ediciones abreviadas, resumidas o adaptadas, despojadas de las indagaciones concienzudas que Verne consultó en su biblioteca —no en un computador con internet—”. Así que quizá la versión que leíste de joven, le faltaran muchos detalles que puedes encontrar en esta versión 😉.
Julio Verne es un autor que encanta a todo tipo de público, sin importar la edad. Sus descripciones, que muchos llaman predicciones, estaban basadas en la aplicación lógica de sus observaciones y lectura sobre los inventos tecnológicos de su época. Lo cual vemos reflejado en algunas de sus publicaciones como: Viaje al centro de la Tierra, 1864; De la Tierra a la Luna, 1865; Veinte mil leguas de viaje submarino, 1870; La vuelta al mundo en ochenta días, 1872.
2. Cultiva la imaginación, la creatividad, las ganas de conocer y crear
El viajero siempre se pregunta qué hay más allá. Y para descubrirlo se vale de lo que tiene a la mano. Sea un tiquete de tren, unos binoculares o un libro. Las ganas de viajar llevan a conocer el mundo, y a la vez, las ganas de conocer el mundo terminan haciendo que se emprenda el viaje.
Julio Verne puso en Phileas Fogg, el protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días, toda la recursividad que sus lecturas e imaginación, para que lograra dar la vuelta al mundo en solo 80 días, lo cual era toda una proeza para la época. En la novela te darás cuenta de que Fogg apuesta la mitad de su fortuna para demostrar que era posible, a pesar de que sus contrincantes afirmaran que era imposible. Nos cuentan en el prólogo que el autor se basó en los avances del siglo XIX y en la experiencia del estadounidense George Francis Train, quien en 1870 logró dar la vuelta al mundo en este plazo.

3. Preparar el espíritu: enfrentar los temores y abrazar los cambios
Advertencia: Viajar va a cambiarte. Leer también. Como dice la canción de Jorge Drexler, “si quieres que algo se muera, déjalo quieto”. No es gratuito que Phileas Fogg sea uno antes y otro después de darle la vuelta al mundo. El viajero espera algo del viaje y para ello se prepara, pero lo cierto es que no sabe qué va a recibir, ni cómo lo va a afectar.
El protagonista de esta historia es de Londres, donde se dice que la gente es fría y calculadora. Y Phileas Fogg encarna este estereotipo: es un hombre enigmático sin parientes ni amigos, y cuya vida funcionaba con la precisión de un cronómetro, limitada casi exclusivamente a su casa y al Reform Club. Durante su travesía por el mundo, impulsado por su fe ciega en el progreso tecnológico, Fogg evoluciona de ser un hombre solitario y rutinario a un héroe abnegado capaz de arriesgar su vida y su capital para salvar a su criado Picaporte de un secuestro en Estados Unidos, y a una mujer que luego le cambiaría la vida: Aouda, una joven parsi (procedente de la antigua Persia), hallada en medio de un sacrificio ritual en la India, anteponiendo su calidad humana al éxito de su viaje en el tiempo estimado.
4. Sé recursivo para viajar
La buena literatura nos confronta. Incomoda. Hace cuestionar verdades arraigadas. ¿No debe ser así un viaje? Esa comida extraña, esa costumbre particular, ese idioma incomprensible. Lo que para alguien es obstáculo, para el viajero es experiencia, porque de las experiencias nace la sabiduría.
A veces resulta contradictorio el hecho de planear un viaje, pues ¿cómo planear lo desconocido? Se traza una ruta, se vislumbran paradas, se compran tiquetes como quien lee la sinopsis de un libro, sin embargo, lo que encontrará el viajero a su paso hace parte del terreno de la incertidumbre. De manera que, para dar la vuelta al mundo en ochenta días, la recursividad es necesaria, pues para que valga la pena y se siga leyendo más de cien años después, debe estar plagada de aventuras y resoluciones creativas.
No fue gratuito que Phileas Fogg, para cumplir con su objetivo, haya tenido que tomar decisiones como comprar un buque mercante al llegar tarde a la salida de un barco, no sin antes haber sobornado la tripulación para desviar la ruta y, después de comprarlo, arriesgarse a quemar partes de la embarcación para usarlas como combustible, para intentar llegar a tiempo a Queenstown, luego a Liverpool y cumplir con los tiempos estimados de la apuesta por dar la vuelta al mundo en ochenta días.
Descubre si Phileas logra cumplir la apuesta. ¡Que comience la aventura!
*Ilustraciones de Verónica Cardona




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