Hablar de Diana Castañeda es contar una historia dividida en capítulos emocionantes, que comienza en el Oriente Antioqueño en 1984 y que desde el principio ha estado pintada con colores, paisajes, música y poesía, y a las que hoy se suman la gastronomía, en lo que es profesional, y la escultura, arte que está aprendiendo.
Ser un raro bicho de páramo es la conclusión a la que llegó una de sus amigas, quien la llamó así refiriéndose a su piel morena, casi negra, y su cabello rizado, que la hacen parecer originaria de cualquier playa colombiana y no de ese páramo de Sonsón en donde, como dice ella, sus ojos se abrieron al mundo.
Diana María Castañeda es chef por profesión, artista por pasión y madre de dos hijas a quienes ha logrado transmitir el amor por el arte: una de ellas es fotógrafa y la otra se mueve entre la escultura y la música. Las tres juntas, en un equipo muy bien constituido, hacen parte de Patas de Cabra, un proyecto que reúne pasión, arte y un poquito de locura, entregándole a la comunidad el talento de cada una y fomentando en el municipio de Bello la economía solidaria, que se basa sobre todo en el crecimiento justo y equitativo de cada una de las partes. Juntas hacen crecer el proyecto y lo desarrollan alrededor de la pasión por el arte que encuentra formas de salir entre tanto quehacer y hacer. Patas de Cabra promueve la cultura a través de sus obras y de sus dinámicas y comienza a tener reconocimiento en el municipio de Bello, en donde su comunidad conoce el colectivo como un equipo que va más allá de una familia singular compuesta de mujeres fuertes y emprendedoras.

Diana y sus hijas siguen aprendiendo todos los días sobre el trueque mientras sacan adelante su proyecto, poniendo en común lo que saben y suspirando con la poesía que les gusta a las tres. “Hoy encontré esta comunión con el arte: tengo una cocina, una tienda, un lugar en donde puedo hacer mis artesanías y un sitio en la web para comercializar nuestros productos. Me siento plena”, dice Diana, quien se encuentra con su hija menor en un proceso de aprendizaje y elaboración de esculturas. “Esa necesidad del arte es como un hambre del alma: cuando te falta, te falta la vida; porque es lo que realmente te hace feliz”.
Como uno de nuestros libros humanos, Diana busca contar su historia desde la perspectiva de una madre joven, cabeza de familia, que ha tenido todo tipo de tropiezos para salir adelante creyendo en el cambio y en el buen vivir. Su historia está marcada por momentos trascendentales como la muerte de personas cercanas, enfermedades de juventud, renuncias y esfuerzos que le han traído también grandes satisfacciones y aprendizajes.
Esta chef, artista y madre dice que “la vida está compuesta de sinsabores y es un devenir; necesitamos seguir con nosotros mismos a pesar de los dolores y mantener vivo el espíritu”. Por medio de su proyecto de economía solidaria busca transformar un poco la economía: sabe que es un comienzo para acabar con la exclusión, la pobreza y la marginación, brindando autonomía, responsabilidad y cambio en el entorno en el que vive.

“Hace poco leí que el arte es la felicidad que no cobra retribución. El amor trae desilusión o cansancio; el alcohol trae resaca. Pero el arte siempre trae retribución y alegría”, dice Diana, quien ha entendido con el tiempo que la lucha hay que leerla, que no todo lo querido es conveniente, que la pérdida da fuerzas y que hay que poner a la luz del día los pensamientos.

