Cada fin de semana, Daniela Núñez, junto con su esposo, Juan Carlos y, Liam, su hijo de 4 años disfrutan la hora del cuento en la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango. Allí cantan, leen, pintan, hacen manualidades e imaginan mundos. Para ellos, este espacio se volvió parte de su rutina y un tiempo para crear juntos.
Como ellos, muchas personas llegan a la biblioteca por razones distintas: para disfrutar en familia, en busca de compañía o, por el contrario, para estar a solas, en silencio, lejos de las pantallas y del ruido del día a día. Esa diversidad de formas de habitarla revela su valor, pero también deja en evidencia un riesgo en un mundo cada vez más hiperconectado: si dejamos de venir, de participar y de apropiarnos de estos espacios, las bibliotecas pueden perder su lugar en la vida cotidiana.
Las bibliotecas se mantienen vivas, o se vuelven invisibles, según cómo las habiten las personas. Sin presencia, sin participación y sin una vida cultural compartida, incluso los espacios más valiosos corren el riesgo de quedarse vacíos.
Para Daniela, la clave está en la experiencia compartida. Sin espacios como este, se perderían momentos de encuentro y de desarrollo emocional. «Las bibliotecas dejarían de ser lugares donde niños, niñas y adultos comparten historias y construyen vínculos alrededor de la lectura», afirma.
Esa necesidad de cuidado y presencia es la que ahora da sentido a la alianza entre la Alcaldía de Envigado, a través de su Secretaría de Cultura, y Comfama: una decisión conjunta para ampliar las oportunidades de acceso al arte, la cultura y la lectura, y asegurar que la biblioteca siga siendo un espacio habitado, activo y significativo para la comunidad.

En ese ecosistema, cada persona encuentra un significado distinto. Daniela halló un espacio para salir de la rutina y reconectar con su familia. Ricardo, de 7 años, llegó con su mamá, Jenny y descubrió que la Biblioteca Débora Arango también podía ser un lugar seguro. «Me gusta venir porque puedo ver libros animados y descubrir nuevas aventuras", cuenta mientras observa un libro de animales.
Para Yoselin, gestora cultural, la biblioteca es su segundo hogar. Allí acompaña, escucha y crea vínculos con los visitantes. «Para mí, una biblioteca es un refugio compartido, donde el conocimiento se encuentra con la vida cotidiana», dice.
Las historias de Daniela, Ricardo y Yoselin muestran que una biblioteca nunca significa lo mismo para todos y que es en la forma en que cada persona la habita donde reside la magia de estos lugares y la razón por la que solo pueden mantenerse vivos como un trabajo colectivo.

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