Con cada anochecer me dispongo a viajar para burlar al insomnio. A veces, tomo el ascensor hasta la azotea de la torre, miro la silueta de la montaña apenas iluminada por la luna y del otro lado, las luces de los edificios y carreteras que no gozan del placer de dormir. Otras veces, no es necesario pararme de la cama; basta con cerrar los ojos e imaginarme realidades que sólo existen durante mi duermevela, aquellas que nacen de recordar pedacitos de canciones, de libros y de historias que alguna vez conocí.
Los viajes son ese lugar en el que abandonamos lo que siempre hemos sido, para ser algo o alguien más. Todos conllevan un tránsito. Por eso, lo que seamos mientras viajamos, se permite ser también efímero y transitorio. De alguna forma, siempre estamos allí: viajando en la ciudad, en el pensamiento, de vacaciones, de visita, por trabajo o por curiosidad. Viajamos como simple resultado de algo que es inherente a nuestra especie: el movimiento.
Les propongo un viaje en el que nos dejemos maravillar por lo que encontremos en el camino y olvidemos cuánto tiempo nos tomará llegar a un destino. Andaremos por trayectos locales que se irán convirtiendo en universales con cada paso. Ningún equipaje será necesario, solo la voluntad de dejarse guiar por la narración. Y porque sé que no a todos nos gusta andar por los mismos caminos, aquí podrán escoger entre cuatro autores y autoras colombianas que les llevarán por distintos rumbos.

1. Viajar al interior a través de otros: Margarita García Robayo
En muchas ocasiones, los viajes a destinos lejanos son excusas de búsquedas hacia dentro. Llegaremos hasta Roma para encontrarnos en una conversación desvariada, pero íntima con Orestes, el protagonista del cuento Algo mejor que yo, quien se pierde en su mar de pensamientos donde se ahogan sueños frustrados, dolores familiares, una obsesión con las ideas y un sinfín de preguntas sobre la relación con su hija menor.
Para este viaje, el único requisito es abrirse por completo y escuchar con atención lo que la tristeza de Orestes tiene por decirnos sobre nuestras angustias. Tal vez, al final del camino –que puede ser solo el principio–, descubramos la importancia de construir anécdotas con los que queremos y procurar recordarlas con el único fin de que sean eternamente compartidas.
2. Viajar para despertar nuestra sensibilidad: Manuel Mejía Vallejo
Este es uno de esos viajes que nos lleva a disponer los sentidos y afinarlos como medio para habitar el mundo. Muy a menudo creemos que para expandir nuestra mirada y encontrar nuevas ideas, debemos irnos a espacios completamente distintos a los de nuestra rutina, pero este paseo nos invita a mirar los entornos de siempre con el asombro de un niño que descubre el mundo por primera vez.
Para que funcione, le pondremos nombres propios de nuestra cotidianidad a cada lugar que visitemos. Entonces, empezaremos por lo más cercano: La sombra desobediente, y contemplaremos el juego de sombras en el que participamos siempre que hay un día con sol y cielo despejado, pero del que casi nunca nos percatamos. Luego, escogeremos un pueblo para entrar a ser El Forastero que logra pensar más allá de la materialidad y es capaz de construir mundos enteros con el recuerdo. Finalmente, caminaremos por una playa para dotar de vida e historia a Otra canoa fantasma.
3. Viajar entre realidades en un metro: Patricia Nieto
Recomiendo embarcarnos en este viaje al tiempo que nos embarquemos en un recorrido del Metro de Medellín, ojalá uno largo y culebrero, puede ser de La Estrella hasta Niquia o viceversa, e imaginemos todas las posibilidades de transbordo que haríamos si fuéramos una de las personas con las que compartimos el vagón. ¿Cuál sería nuestra estación si fuéramos un sacerdote, o un cantante de serenatas, o un vendedor de pomadas para el dolor?
Biodiversidad en el túnel nos propone el hábito de compartir la realidad con quienes se distancian de nosotros en oficios, cultura y rutina, como otra forma de viajar, a través de múltiples miradas de transeúntes del Metro de Ciudad de México. Visto de esta forma, la diversidad de vidas que coinciden en un vagón crea todo un ecosistema que cambia sus especies con cada parada; y ese viaje, tan rutinario y hecho paisaje, adquiere una posibilidad novedosa para quien se lo permita.
4. Viajar para convivir con lo inquietante: Evelio Rosero
¿Cuántos de nosotros nos atreveríamos a subirnos a un bus o un avión sin saber el destino? Para quienes buscan ir de vez en cuando en contra del instinto de supervivencia que nos hace huir de lo desconocido, están Crónica de un viaje por Chile, Periplo por Roma y París llena de ruidos.
Mientras los leen, probablemente sientan la extrañeza que provoca acercarse a lo oculto. Para este viaje, solo hay que aceptar que transitaremos en medio de un ambiente tenso que se teje entre la invitación a tocar una dulzaina –instrumento de viento similar a la flauta– para darle la muerte a una extraña, una interacción de una noche con otra extraña que tiene una queja que la persigue y ser parte del intento de una pareja por descifrar los ruidos que escuchan dentro de sí mismos. Lo único importante no será tanto intentar poner nombre a lo indescifrable sino dejarnos llevar incluso por todo lo que no entendemos.
*** La ilustración de carátula e interiores son de Isabel Giraldo (@maicito.criollo).

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