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El lugar del tejido: la historia de la Biblioteca Comfama Itagüí

Conoce la Biblioteca Comfama Itagüí a través de sus lectores, partidas de ajedrez, bordados y fotografías que conservan la memoria del municipio.

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El lugar del tejido: la historia de la Biblioteca Comfama Itagüí
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Itagüí es un municipio de tiendas, cada tres o cuatro metros hay una de legumbres, repuestos para el celular, correas para mascotas, panes, fritos, plantas o flores. Cuentan que no siempre fue así. Hasta finales del siglo XX, el ritmo de la vida lo marcaban las fábricas. Pero las grandes industrias —como la textilera que le puso nombre al edificio más icónico de Medellín— quebraron, se mudaron o han ido desapareciendo.

Itagüí, entre fábricas y libros

En el centro, a tres cuadras del parque, se levanta un punto de referencia para todo el municipio: Comfama. Tanto es así que está en todos los letreros de las rutas de buses que pasan por la calle principal. Queda en medio de tres barrios cuyos límites son difusos: Fátima, Villa Paula y Artex. Este último, que existe aunque no aparece en Google Maps, lleva el nombre de una fábrica textil que cerró a finales de los setenta. Desde entonces, el edificio es la sede de Comfama Itagüí.

Por fuera, ese bloque macizo de ladrillos y ventanas altas aún parece una fábrica. Al norte está la quebrada Doña María, el segundo afluente más importante que tiene el río Medellín. Ventea fresco desde ese corredor verde bordeado por un camino peatonal y una ciclorruta. En 2017, durante las obras del metroplús, encontraron un pozo de extracción de aguas subterráneas que bebía directamente de la quebrada y alimentaba la fábrica. Los arqueólogos reconocieron que era un bien de interés patrimonial y fue una de las razones por las que tuvieron que parar las obras.

Adentro, la vida la ponen los niños y las niñas del preescolar con sus gritos y sus risas; cuando no están, se siente. En el tercer piso, casi oculta, al fondo de un largo pasillo a mano izquierda, está la biblioteca que abrió sus puertas por primera vez en 1984.

La biblioteca es un salón enorme. Al fondo, las estanterías llenas de libros. Al costado, una fila de computadores. En el centro, la zona de lectura, unas mesas grandes de madera, ocupadas siempre por algún lector de prensa juicioso, y desde hace unos meses, también por un tablero de ajedrez. 

Un tablero para encontrarse

La idea del ajedrez fue de Juan Camilo Montoya y Daniel Toro, facilitadores de laboratorios en la biblioteca, después de darse cuenta de que algunas personas hojeaban libros de ajedrez o traían sus propios tableros. Decidieron poner literatura de ajedrez y un tablero sobre la mesa. Tanto adultos mayores como jóvenes y niños empezaron a acercarse. Así conocieron a Tomás. Un sábado llegó un niño a preguntarme por el ajedrez, cuenta Juan Camilo. Cometí ese error tonto de subestimarlo por ser más chiquito… Y me pegó un baile. Jugamos otra partida y ahí sí con esfuerzo le gané.

Tomás es el mayor de cuatro hermanos. Tiene nueve años y, entre otras cosas, le gusta leer sobre los viajes a la luna, cómo es la vida en otros países y los dinosaurios. “La Navidad pasada, el traído del Niño Dios fue un tablero de ajedrez”, cuenta Juliana García, su mamá. “Tomás se ha encargado de irles repartiendo esa pasión a sus hermanitos. A Nicolás, que tiene seis años, a Emmanuel, que tiene tres, y al bebé que tiene ocho meses espera enseñarle pronto”.

Mientras Tomás y Nicolás juegan en el club, Juliana suele venir a la biblioteca con sus otros dos hijos pequeños para aprovechar la enorme colección de literatura infantil que cubre toda una pared de principio a fin. De hecho, es la segunda colección de este tipo más grande de todas las sedes de Comfama. Son más de tres estanterías repletas de adaptaciones de clásicos de la literatura, cuentos de otros países y, por supuesto, una gran cantidad de autores colombianos.

“Los niños preguntan mucho por animales, y precisamente el año pasado que estuvo tan de moda el chigüiro, que además es un animal de aquí de nuestro país, aprovechamos la obra del bogotano Ivar Da Coll que lo incluye como un personaje central en sus historias”, cuenta Yenny Valencia, promotora de lectura y bibliotecaria que acompaña el club de lectura infantil. “Además tuvimos la oportunidad de traerlo para que les diera un taller de ilustración, y todos dibujaron sus animales favoritos”.

Que se le dé tanta importancia a esta colección no es casualidad: el corazón de esta biblioteca son las familias y los niños del preescolar que tiene la sede. Los martes, durante la hora del cuento, el lugar se llena de bulla y risas, se convierte en un espacio donde los niños pueden ser niños sin la rigurosidad del silencio que muchas veces está en el imaginario de lo que debe ser una biblioteca.

La literatura infantil es una apuesta para que la lectura se vuelva un hábito, un ritual de familia. Así es ahora para Juliana y sus hijos. Desde que descubrieron la biblioteca, vienen como mínimo una vez a la semana, y ahora el club de ajedrez también se ha vuelto parte de la agenda familiar los jueves cada quince días.

“Hoy en día nos están volviendo facilistas, y más esta sociedad que nos ha internetizado tanto”, explica Juliana. “Nos cuesta hasta investigar en un libro. Todo tiene que ser fácil, rápido, inmediato. Cuando realmente la vida no es así, todo tiene un proceso.

Yo pienso que una biblioteca no solo nutre la mente, sino también la cotidianidad de mis hijos.

Poco a poco, Juan Camilo y Daniel han integrado ejercicios cortos de escritura antes de empezar las partidas de ajedrez. Les hacen preguntas simples a los participantes y todos responden a mano en pedazos de papel que guardan después como archivo. ¿Qué es el juego? ¿Qué situación en la vida te ha puesto en jaque? ¿Dónde te gusta jugar ajedrez? Con la caligrafía atropellada que tiene un niño de nueve años, a esta última pregunta Tomás respondió: “Me encanta jugar en el suelo en mi casa que está rodeada de árboles. Es supernatural, hay muchos hongos a los que les llamo magos”.

Pocos juegos logran con tanta naturalidad juntar niños de primaria con jubilados. El mayor del club es don Norberto, que tiene setenta años. Trabaja en una óptica cerca del parque, pero se pega sus escapadas para venir a la biblioteca una hora y media. Es menudito, flaco, usa camisas que le quedan sueltas. Cuando Juan Camilo le comentó sobre Tomás, se ofreció: “Dígame cuándo viene que yo quiero jugar con él”. Y ahora comparten tablero.

“Don Norberto jugaba ajedrez en Curtimbres”, relata Daniel. “Curtimbres fue una fábrica de textiles y cueros que exportaba a nivel nacional. Todo el mundo la recuerda por su olor…, un olor tenaz. Nos comentaba que allá en la fábrica jugaba ajedrez y que se hacían torneos. A partir de una conversación jugando ajedrez podemos hacer un rescate de la memoria cultural que muchas veces no queda digitalizada ni escrita ni grabada ni nada”.

Los libros que cuentan la historia de Itagüí

Daniel es historiador. Cuando habla de otras épocas, se emociona tanto que uno se contagia. Como cuando nos contó que hizo su tesis sobre Francisco Rivero Gil, un caricaturista español que por vueltas del destino terminó trabajando para El Tiempo en los años cuarenta donde se dedicó a ilustrar las tensiones políticas mundiales, y terminamos buscando sus caricaturas. Llegó a la biblioteca porque una compañera compartió la vacante por un estado de WhatsApp, en un momento en que andaba buscando trabajo. Todo se dio rápido y fácil, como si la biblioteca lo estuviera esperando.

Aunque sin carné a la vista podría pasar por un muchacho más que va a la biblioteca, en este momento también preside el Centro de Historia de Itagüí. Su llegada a la biblioteca hizo que se acercaran ambos procesos: charlas sobre el municipio, lanzamientos de la revista Manzanillo, visibilidad para la colección territorial. Daniel asegura que a la gente la forman con falta de interés por la historia del municipio y que no les dan herramientas para saber sobre sus personajes importantes.

“Yo se lo he dicho a muchos colegas… Sabes más de Europa, África o Asia, pero cuando te preguntan por la historia de tu barrio o de tu municipio, no la sabes. Desde la misma academia hay una falta de interés por la historia local. Por ejemplo, yo estudié en un colegio que se llama Esteban Ochoa y nunca supe quién era Esteban Ochoa, hasta que, yendo al archivo, me di cuenta de que fue uno de los profesores liberales del siglo XIX en Itagüí. Muchas veces se nos acercan maestros al Centro de Historia a decirnos que montemos una cátedra, para que los muchachos tengan una relación con el territorio, porque cómo es posible que no sepan quién es María Josefa Escobar, Marceliana Saldarriaga, Esteban Ochoa, que son personajes de nuestro municipio, ¡y por eso están en los nombres de los colegios! No saben quién es Eladio Vélez, ni Salvador Arango. Y muchas veces no es que a la gente no le importe, sino que no se le han mostrado esas herramientas para que digan ve, yo quiero saber quiénes son”.

Entre los materiales de la colección, que está puesta sobre una estantería a la entrada de la biblioteca, están todos los números de Manzanillo, la revista del Centro de Historia de Itagüí. El último número, publicado en septiembre de 2025, tiene artículos sobre la demolición de los hornos Hoffmann, esos que fabricaron las tejas de casi todo el Valle de Aburrá y que ya no existen; sobre el Teatro Caribe, que después de muchos años se convirtió en el Centro Cultural Caribe, espacio que se ha convertido en un referente para la vida cultural del municipio; y reseñas sobre obras de autores locales. Es una revista que les da voz a temas importantes para la historia de Itagüí y que muchas veces pasan desapercibidos.

También hay un fotolibro sobre Eladio Vélez, pintor itagüiseño de la primera mitad del siglo XX. Eladio fue acuarelista, dibujante, escultor, pero sobre todo fue un pintor de oficios y de paisajes. Sus imágenes muestran una ciudad que hoy es irreconocible. En sus paisajes, el viento todavía mece los sauces en las laderas y el tiempo vertiginoso que habitamos permanecía quieto. Como lo describe Elkin Alberto Mesa en el prólogo del fotolibro, observar la obra de Eladio es entender que hay una tradición a la que todavía debemos responder.

Pero el libro más singular de la colección es quizá Semblanzas de mi pueblo, de Clímaco Agudelo. Daniel lo describe como la obra de un historiador empírico que narró la historia de Itagüí a través de sus propios recuerdos. A Clímaco le tocó vivir cómo el municipio pasó de ser un pueblito rural a una ciudad industrial. El libro fue escrito a mano, luego en una máquina a la que le faltaban teclas y finalmente dictado a un computador que otra persona digitaba. El propio Clímaco lo describió así:

Es una narración sencilla, sin floristería literaria, mal hilvanada, pero cargada de episodios, acontecimientos y hechos ocurridos en Itagüí a partir de 1910 hasta nuestros días, época en la que hice presencia en este pueblo, a veces como protagonista, a veces como simple espectador.

Fotografiar lo que está a punto de desaparecer

Algo similar podría decirse de Diego Mejía. Aunque no es historiador de formación, lleva décadas registrando el paso del tiempo a través de la fotografía. Diego creció en una familia de fotógrafos. Desde los doce años asistía a su tío en el laboratorio Muñetón: preparaba los químicos, hacía los álbumes, y hasta aprendió una técnica que su abuelo practicaba y que ya nadie hace: iluminar. Cogían la foto en blanco y negro y le pintaban algunos detalles con acuarelas.

Sus tíos, su abuelo y su bisabuelo fotografiaron Itagüí a principios del siglo XX: las costumbres religiosas, las remodelaciones de la iglesia principal, de los parques, las casas, los gitanos. Todo este archivo quedó en manos de Diego, y hoy es él quien continúa con esta misión de registrar la memoria. No le interesan los bodegones ni los retratos en estudio, pero si se entera de que van a tumbar una casa, es el primero que está allá tomándole una foto.

Es normal ver a Diego en los computadores de la biblioteca, consultando información. Hace unos meses se encontró con Daniel y con María Camila Betancur, que también hace parte del Centro de Historia de Itagüí, quien lo invitó a publicar un artículo en la revista Manzanillo sobre la memoria visual del municipio. Cogió fotos del álbum familiar y desde el mismo punto donde su abuelo las había tomado, las volvió a tomar. El antes y el después muestran cómo ha cambiado todo.

“Después de haber sacado esas fotos me dio mucha alegría porque la gente volvió a acordarse de cómo se veía el municipio”, cuenta Diego. “Le propuse a Daniel montar una exposición para el día del lanzamiento de la revista, porque así sean pocos los que vean la exposición, lo importante es que podamos revivir el archivo y la memoria visual de Itagüí”. Y ahí está en medio de la biblioteca: Del blanco y negro al color: cien años de la historia de la fotografía en Itagüí.

Pero esa preocupación por registrar la memoria y por conservar la historia no es un interés colectivo. Como lo asegura Daniel, en Itagüí ha faltado dolor por el patrimonio. En el POT del 2007 había más de sesenta bienes de interés patrimonial en el municipio. En la última actualización ya eran treinta y pico… En menos de diez años se perdió la mitad. Los hornos Hoffmann los tumbaron, y a Coltejer la están demoliendo para construir un proyecto inmobiliario.

Al borde de las palabras: lectura y bordado

Pocos son los bienes que logran permanecer. Un piso abajo de la biblioteca, en una de las oficinas de la sede, todavía se conserva una máquina de coser que hacía parte de la antigua fábrica textil Artex. Yenny, la bibliotecaria, la menciona y nos lleva a verla. Es una Singer con acabados preciosos y mesa de madera, es muy probable que todavía funcione.

De alguna forma, el oficio textil todavía habita dentro del edificio. Hace casi un año, Yenny abrió el club de lectura y bordado Al borde de las palabras. Se reúnen cada semana, más que todo mujeres: bordan, tejen, hacen macramé, mientras sus manos trabajan, leen y conversan. La premisa es sencilla y precisa: bordamos lo que leemos.

Han leído el tomo testimonial de la Comisión de la Verdad y han hecho un parche textil, que es una herramienta pedagógica que dio la Comisión cuando entregó el informe final. También sobre las casas, lo doméstico, lo que significa un hogar. Ahora están leyendo Indócil, de la colombiana Laura Ortiz Gómez, una novela sobre un grupo de mujeres anarquistas que decidieron dejar de pagar el alquiler y salir con sus escobas a barrer la inmundicia del mundo capitalista.

Yenny dice que los hilos tienen algo que ver con las historias: se encuentran, se enredan, se trenzan. Y que el bordado, al igual que la construcción de memoria, es lento. Por fortuna en esta biblioteca, jugando ajedrez, bordando o comentando un libro, los recuerdos encuentran dónde quedarse.

Por: Laura Almanza (crónica), Juan Fernando Ospina (fotografías) y Gabriel Duque (ilustración)