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Biblioteca Caldas

Libros para escamparse

La Biblioteca Comfama Caldas es un espacio de lectura, encuentros culturales y creación comunitaria. Conoce su historia y su impacto en el municipio.

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Escampa en Caldas

Caldas era un lugar de paso al que le cayó una lluvia de fábricas. Hace más de un siglo que los arrieros caldeños se hicieron obreros. La carretera serpenteante que conecta al municipio con La Estrella está picada a lado y lado por decenas de industrias: plásticos, cerámica, madera, zapatos, insumos agrícolas. En uno de los ejemplares de la revista caldeña El Hereje, del año 1995, se lee: “La apacible y tranquila vida del pueblo se ha ido tomando una acelerada muerte de ciudad”. 

En una tarde de marzo muchachos comen mango con sal en el parque del pueblo, alguien apura un cigarrillo, un grupo de señoras toma tinto. Varios se congregan para entrar a la biblioteca de Comfama, justo en el primer piso de un edificio que alberga servicios financieros, de salud y un preescolar de la caja de compensación. En la biblioteca, niños compiten por una silla para el Minecraft o para los nichos de lectura. Adultos entran y salen buscando dónde sentarse, una cita, preguntar cualquier cosa. Al lado de un ventanal que mira al parque, parejas de viejos juegan ajedrez como todos los días. Dos de ellos abandonan la partida un momento para voltear sus sillas hacia el parque y contemplar juntos el paso del tiempo. 

La sede de Comfama en Caldas es una de las clásicas de la caja de compensación en el valle. Abrió en 1986, en un momento en que la caja estaba ampliando tanto su presencia en Antioquia como sus bibliotecas. Esa primera biblioteca cerró durante unos años a principios de la década del 2010 hasta reabrir con todos los engalles en 2018. La de Caldas fue la primera de todo el sistema de bibliotecas de Comfama en ser modernizada como un lugar de encuentro para el viajero que se arrima al parque. Es un eco institucional de lo que en el pasado era cotidiano en el pueblo: las puertas abiertas para el vecino, el viajero, el extraño.

La biblioteca tiene colecciones bien equipadas y frecuentemente consultadas de literatura y manga. Los cómics góticos de superhéroes son los favoritos de la juventud, con las novelas de fantasía y la velocidad de los shonen. Muchos adolescentes se refugian en la biblioteca porque ofrece algo que desesperadamente uno busca a esa edad: un lugar para estar en paz con los amigos. El escampadero pronto se gradúa como algo más: en Caldas, como muestran los informes de hábitos de lectura de la Cámara Colombiana del Libro, en línea con la tendencia global, los que leen son los viejos y los jóvenes. En años recientes la biblioteca ha organizado clubs de lecturas para niños y un cineclub: frente al zigurat de madera que congrega a novios que se cogen de la mano, los promotores cerraron las cortinas para mostrarles a niños por primera vez El viaje de Chihiro

Asistimos un momento al club de lectura de Darío, otro de los promotores. Jubilados y veinteañeros leían Delirio de Laura Restrepo. Uno de los asistentes es Alejandro Pérez Ortiz, de veinticinco años, historiador de la Universidad Nacional quien de su cuenta y sufrimiento edita la revista literaria Ciromancia y regenta la imprenta Ímpetu. Otro es el bibliotecólogo Carlos Mario Ángel, una figura de la cultura caldeña desde hace varias décadas y asistente frecuente a presentaciones de libros, conversaciones y clubes de lectura en la biblioteca. Carlos Mario y Alejandro se conocieron en el club de lectura y han trazado una amistad separada por décadas, pero unida en la literatura. 

Alejandro llegó a la biblioteca por primera vez justo después de su reapertura, en el año 2018. Acababa de graduarse del colegio y encontró en la biblioteca un espacio libre en el que podía estar en calma y leer a gusto. Encima, e importantísimo para un municipio como Caldas que concentra las lluvias del sur del Aburrá, se podía guarecer del aguacero ahí mismo.

Alejandro trabajó justo al lado de la biblioteca, en la casa de la cultura, donde organizaba el premio de poesía Ciro Mendía. Ciro, escritor, teatrero y el primer bohemio caldeño de renombre, era imprescindible en la escena aguardientera del Aburrá de la primera mitad del siglo; Carrasquilla le decía: “Qué te parece, Narizón, que me gustan más tus comedias que tus versos”. Amigo de Neruda, lo trajo varias veces a Caldas, pero no alcanzó a morirse donde nació. Como tantos, Ciro dejó Caldas y “murió ciego en octubre de 1979 en La Ceja, Antioquia, en la más absoluta pobreza, como había nacido”. Hoy hay una cita de Ciro en las escaleras que conducen al segundo piso de la biblioteca Comfama:

Te diré que no puedo llevarte las pirámides, porque ya la maleta la llené de susurros.

La reapertura de la biblioteca de Comfama estuvo a cargo de Lina Velásquez. Algunos visitantes de toda la vida pensaban que nunca iba a volver. Otros nuevos no se lo podían creer y preguntaban si había que pagar para entrar. Lina se encargó de hacer una biblioteca que “volviera a ser acogida por la comunidad”. Felipe Osorio, encargado del taller de artes y de fotografía, cuenta que “antes había muchos más espacios culturales en Caldas: había espacios para hacer teatro, había muchas bandas musicales, ahora solo quedan pequeños restos de lo que era eso”.

Al espíritu de Ciro lo sucedieron en Caldas, entre otros, los múltiples esfuerzos de Marco Mejía, como el fenomenal Grupo de cine experimental de Caldas y la revista Señas en la hoguera; la revista Cielo Roto editada por Juan Carlos Hoyos; la revista Convitarte; el grupo de teatro Tic Tac y la revista Ondina de Josué Sánchez. Antes de ser un impedimento, la montañerada y el relativo aislamiento han fomentado entre los caldeños el gusto por la revista literaria, el fanzine, el festival de punk autogestionado y la lectura de poesía en voz alta. En Caldas creció el polifacético Guillermo Correa y el baterista Felipe Correa de Los Espíritus y en Caldas el escultor Arenas Betancourt vivió sus últimos años. María Paulina Moncada Restrepo, legendaria pintora, es caldeña. 

Alejandro Pérez tuvo una infancia tranquila de juegos en la calle, charcos y cometas. El pueblo acababa de venir de un movimiento escolar muy fuerte, organizado alrededor del José María Bernal. Un grupo de estudiantes como Juan Felipe Palacio y Cenedith Herrera conformaron la Corporación Pueblo Joven que organizó la Red Juvenil de Caldas, la Semana de la Juventud, la revista El Hereje y el encuentro de lectura poética Llueve la palabra. Lo que Pueblo Joven logró fue movilizar a miles de personas jóvenes. ¿A qué? A parchar. A estar tirados una tarde leyendo poemas, escuchando música o armándolo. Los apoyaba la generación de más arriba: Marco Mejía estaba en Comfenalco en ese entonces y regentaba con Félix Posada el restaurante La Posada justo al lado de la biblioteca de Comfama. Con la poeta Carmenza Correa se organizaban recorridos por las montañas: hoy las cascadas de La Miel, que conocieron en esas caminatas de su juventud, están selladas por la oficina del crimen también llamada La Miel. 

La biblioteca de Comfama existe en una rica tradición de organización social y cultural de Caldas. Una organización que ha sido fértil porque ha sabido pelechar en terreno difícil. La caja de compensación ha jugado un rol clave como impulsora de algunas de estas iniciativas, un rol que se cimentó en los angustiantes meses pospandémicos. Durante las protestas del 2021 la biblioteca fue escogida por la Secretaría de Juventud del municipio para servir de punto de encuentro con varias organizaciones sociales para que “cuidasen el espacio y lo hicieran propio”.

Si las bibliotecas del pasado fueron museos, grandes proyectos estatales del conocimiento, las del futuro serán pequeños espacios que prometen lo público en un mundo cada vez más privatizado. La creciente emergencia de los libros como lugar de encuentro y nuestra omnipresente cultura visual pueden significar que estamos volviendo a una titubeante oralidad de clubes de lectura, videos fragmentarios, encuentros con amigos. Con frecuencia Carlos Mario Ángel viaja a otras bibliotecas del sistema de Comfama de cuenta de la caja de compensación, con refrigerio incluido.

Felipe Osorio era un visitante frecuente de la biblioteca en una época en que “no estaba haciendo mucho: entonces me dediqué a leer”. Se fue acercando al equipo y un día les hizo el lance: “Tan bueno trabajar aquí”. Esa frase lo llevó a que en cuestión de días estuviese con el uniforme puesto. Felipe es comunicador audiovisual del Politécnico Jaime Isaza y como muchos de sus compañeros, un caldeño de siempre. Porque sabe de fotografía y le interesa el arte, montó el laboratorio de fotografía y de creación artística en la biblioteca. 

Para Felipe el laboratorio fue “como volver a estar en la universidad”, pero ahora el profesor era él. La clase oscilaba entre muchachos de quince y señoras de setenta. Algunos estaban apenas interesados en cómo funcionaba un celular, otros tenían experiencia como fotógrafos y querían problemas más avanzados. Dos años después, el taller tiene un público muy fiel, “que es lo más difícil”.  En este punto “hasta amores se gestan”. Con frecuencia tienen invitados, el fotógrafo Henry Agudelo los ha acompañado cuatro veces ya. El éxito del taller se debió a que, según Felipe:

mucha gente no había encontrado un lugar al que pertenecían. 

Una de las mejores cosas de los laboratorios para Felipe “es que permiten un encuentro intergeneracional”. Y no solo ahí: en una de nuestras visitas a la biblioteca nos encontramos con Carlos Mario Ángel y Alejandro Pérez. Les pedimos que trajeran una selección de revistas, clásicos de Ciro, fanzines, revistas del pasado caldeño, fotos de una familia compartida. Sobre la mesa comulgaban los restos de la historia de su hogar. 

Lency Marín venía con su mamá desde niña a la biblioteca de Comfama, cuando quedaba en el cuarto piso, a prestar libros de Winnie the Pooh. Después de la remodelación que la trasladó al primer piso y que “le dio una estética más juvenil, una transformación del sentido frío y silencioso de una biblioteca”, Lency, ya como adulta, volvió cada vez más. Ahí encontró a Alejandro Pérez en un taller de cuento. Años después siguen reuniéndose cada semana, a veces varias veces, en la biblioteca de siempre. Con ellos nos refugiamos alguna vez que el aguacero nos agarró justo antes de salir de la biblioteca. Decenas de personas, del parque y más allá, escampaban bajo el calor de los libros.

En algún momento Lency trabajó en la biblioteca como promotora de lectura. Hoy es profesora en Itagüí y asistente del taller de manualidades de Felipe los jueves. Después de la enfermedad de la poeta Alba Luz Cano, Lency se convirtió en la cabeza del colectivo medioambiental Reverde-ser. Durante un tiempo se fue a potreros y quebradas enmarcadas por montañas y enormes torres de concreto a recoger basuras con su colectivo hasta que se abrumaron con la eterna recurrencia del plástico en bosques y mangas.

Hoy Lency sigue subiendo al monte cada vez que puede, sigue leyendo, sigue escribiendo. La cultura al final es crear un techo donde amainarse. En uno de sus poemas, Lency escribe:

La abundancia no es lo que tomamos / es lo que sabemos guardar. 

Por: Simón Murillo Melo (crónica), Juan Fernando Ospina (fotografías) y Gabriel Duque (ilustración)