No es fácil hablar de nuestros dolores, mucho menos escribir sobre ellos. En nuestro país son miles las historias de desaparición forzada que se repiten a lo largo del territorio, pero ese flagelo solo lo dimensionamos cuando, por cosas de la vida, se acerca a nosotros.
Eso le ocurrió a Ángela Carabalí, la documentalista y docente universitaria, quien continúa en las pantallas de cine colombiano con su largometraje Soñé su nombre. Una historia que nació, justamente con un sueño en el que su padre, Esaú Carabalí Brand, pidió que lo buscara.
Aún era una niña cuando lo vio por última vez antes de que desapareciera hace 30 años en Caloto, Cauca. Sintió que tenía un capítulo pendiente en su vida y aquel sueño la llevó a iniciar un proceso de reconocimiento con sí misma, de su historia, de la historia del país.
Entendió que tenía algo muy poderoso para crear y reflexionar sobre una realidad latente: su historia es la misma que viven unas 135.000 familia en Colombia.

Foto fija: Liberman Arango.
Soñé su nombre es el relato de un viaje que emprende Ángela junto con su hermana, a través de cartas, relatos y conversaciones con viejos amigos de su padre, en las comunidades indígenas del Cauca.
El río aparece como un hilo conductor y los hermosos paisajes se convierten en testigo de un profundo dolor que estaba guardado en lo más profundo de la memoria. Ese viaje entre libros, libretas e historias, se convirtió en la mejor manera de sanar su corazón, de conocer a su padre, de encontrarlo.
Antes del conversatorio y la proyección de Soñé su nombre en el Teatro Otraparte, hablamos con Ángela sobre el proceso creativo de esta producción que se convierte en un hito para una mujer afrocolombiana para la historia del cine en nuestro país. Aún puedes verla en algunas de las salas de cine.
¿Cómo fue llevar tu historia personal, una historia tan fuerte, a una película?
Pasar una historia con una conexión colectiva tan fuerte, a un guion es bastante complejo. Inicialmente fue revisar lo que me había pasado, lo que les pasó a muchas personas, estudiar esa problemática, estudiar la conexión con la tierra. Luego de probar muchas opciones encontré que el viaje era lo más orgánico porque yo ya tenía programado ese viaje de Medellín hasta el norte del Cauca en busca de mi padre. Así fue como decidimos en construir esa historia, usando unos saltos al pasado, a los objetos, a la memoria, a los archivos.

Fotos conversatorio: Diego Arango.
Este año en la Biblioteca Otraparte estamos hablando sobre los ríos. Vimos muchos ríos en la película, ¿qué conexión tuviste con ellos?
Es muy hermoso hablar del río, porque se pensó como un elemento transversal que en la película. Hay una razón fundamental, el río es un lugar muy hermoso para la diversión, pero lamentablemente en nuestro país allí han depositado muchas personas desparecidas. También queríamos mostrar el agua que sana, limpia, que se lleva lo que duele y te permite seguir hacia adelante. Entonces queríamos hacer esa conexión.
También aparecen muchos libros, ¿por qué?
Cuando a una persona la desaparecen, los objetos quedan en casa, a diferencia de una persona cuando muere, que los objetos se regalan o se botan. Yo no tenía muchas imágenes de mi padre, pero lo encontré en sus objetos, en su grabadora, en sus objetos, en su ropa, en lo que leía.
Hablando de libros, ¿cuáles nos recomiendas?
Un libro que me falta por terminar de leer es Libertad y esclavitud en el Valle del Cauca, y fue importante porque me permitió conocer mis raíces. Otro es La isla bajo el mar de Isabel Allende, esta historia me conectó fuertemente con mi ancestralidad y con ese deseo libertario de las personas esclavizadas. Ambos fueron vitales en este proceso creativo de la película.





