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Las manos que dan vida a los personajes de Comfama

Las manos que dan vida a los personajes de Comfama

Detrás de cada personaje que recorre los parques, los escenarios y los espacios culturales de Comfama, hay una trayectoria de herencia, oficio y amor por el detalle. Es la historia de Angie, a quien muchos conocen como “Gia”, y de su madre Nubia, dos mujeres que, con hilos, agujas y una sensibilidad única, dan vida a los atuendos que representan el espíritu de Comfama.

Todo comenzó, como suelen empezar las iniciativas más bonitas, en casa. Su madre lleva más de 20 años cosiendo, un arte que aprendió siendo muy joven y que convirtió en sustento y forma de vida. Angie creció entre el sonido constante de la máquina, el olor de las telas nuevas y los retazos de colores que daban forma a distintas prendas. Desde niña observó con admiración y también con cierta distancia el oficio de su madre, sin imaginar que ese sería su propio camino.

Un aprendizaje que le dio un nuevo impulso

Durante mucho tiempo pensó que su destino era otro. Se formó como tecnóloga en producción agrícola, trabajó en cultivos y disfrutó de su profesión, pero algo dentro de ella le pedía explorar otros horizontes. “Me gustaba lo que hacía, pero no me sentía completamente llena”, resalta Angie. Fue entonces cuando comenzó a probar distintos trabajos, entre ellos uno en una sastrería de ajustes y modificaciones de ropa. Allí descubrió que aquel conocimiento que había adquirido casi sin proponérselo empezaba a tomar forma propia.

El verdadero giro llegó cuando la vida la devolvió, literalmente, a las manos de su madre. Ella conoció a Daniel López, quien lidera los vestuarios de los personajes en Tutucán, y les hizo la propuesta de sumarse a través de su arte a Comfama. En ese momento, Angie pasaba por una etapa de inconformidad con su empleo y su madre le propuso probar suerte. Aceptaron un primer contrato y todo fluyó mejor de lo que esperaban.

Ese primer proyecto marcó el inicio de una relación que con el tiempo se ha convertido en una alianza de confianza, crecimiento y creatividad. “Al comienzo eran encargos pequeños, pero pronto entendimos que esto iba más allá. Era algo que se iba tejiendo con más fuerza, algo que nos exigía más y nos motivaba a mejorar”, recuerda. Desde entonces, madre e hija se han convertido en las creadoras de los vestuarios que acompañan a los personajes de Comfama, figuras que representan a la Caja en parques, actividades culturales y eventos especiales.

La confección para ellas es una manera de leer la esencia de quienes interpretan los personajes. “En Marinilla hay muchísima gente que se dedica a esto, pero creo que lo que nos diferencia es que realmente nos metemos en el cuento. No hacemos disfraces, hacemos vestuarios para personas que están representando a alguien más. Analizamos la personalidad, los colores, las texturas, incluso las luces del escenario”, explica Angie.

Su madre, empírica y observadora, ha sido su mejor maestra. “Ella tiene una capacidad impresionante para leer a la gente. Siempre dice: esta persona es así y de esta manera. No le voy a hacer esto porque no se lo va a poner. Aunque es completamente empírica, tiene un instinto que no se aprende en ninguna parte. Sabe cuándo una prenda va a funcionar y cuándo no.”

Un lugar de crecimiento y aprendizajes

Con el tiempo, Angie decidió formalizar su labor. Registró su actividad, asumió la gestión administrativa y comenzó a estudiar una técnica en diseño de modas. Hoy lidera el taller familiar, mientras su madre se encarga de los procesos de patronaje y corte. “Ella ya quiere bajarle un poco al ritmo, y yo he ido tomando las riendas. No ha sido fácil, pero Comfama nos ha dado el espacio para crecer, para organizarnos y para hacer las cosas con más estructura”, cuenta.

Esa relación con Comfama ha sido para ella una escuela de aprendizaje. Cada nuevo personaje, cada encargo, cada reto de diseño ha representado una oportunidad para mejorar, para profesionalizarse y para descubrir nuevas formas de expresión. “A veces uno no dimensiona lo que está haciendo. Solo cuando alguien me hace entender que somos quienes le damos vida a los personajes de Comfama, caigo en cuenta de que estamos vistiendo parte de la identidad de una empresa que la gente asocia con alegría, cultura y comunidad”.

El camino que la llevó hasta aquí, aunque no planeado, le ha enseñado el valor de la intuición. “Yo no quería dedicarme a esto. Veía a mi mamá toda la vida cosiendo en la sala de la casa y pensaba que no quería lo mismo. Al final tenía razón. Sin buscarlo, terminé dedicando mi vida a este oficio”.

Hoy, en su taller lleno de telas, moldes y bocetos, Gia y su madre siguen construyendo historias. A veces el trabajo las encuentra en medio de risas, otras en silencios que solo interrumpe el sonido de la máquina. Entre costuras y conversaciones, van dando forma a los personajes que acompañan la vida de Comfama. “Es bonito mirar atrás y pensar que todo empezó por una corazonada. Uno a veces no entiende por qué toma ciertas decisiones, pero si algo he aprendido es que hay que seguir esas intuiciones. Las oportunidades extrañas, las que uno no planea, pueden llevarte muy lejos”.

En cada costura, una parte del alma de estas dos mujeres queda unida a la de Comfama, recordando que los caminos que no planeamos, muchas veces, son los que nos conducen exactamente al lugar donde debíamos estar.

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