Todo empezó con una inquietud que, en su momento, no tenía muchas respuestas. En Medellín, un grupo de familias no encontraba un espacio adecuado para que sus hijos con discapacidad intelectual pudieran aprender y ser acompañados desde sus particularidades. Decidieron no esperar y crearlo. Así nació el Instituto de Capacitación Los Álamos, como una respuesta a esa necesidad.
Hace 65 años, Álamos comenzó como un espacio pequeño, enfocado en el cuidado y acompañamiento de jóvenes con discapacidad. Con el tiempo, el aprendizaje y la autonomía se consolidaron como el centro de su trabajo. “Al inicio, el modelo era principalmente médico”, recuerda César Mauricio Pineda, director técnico científico. Ese enfoque dio paso a una mirada centrada en las capacidades. “Hoy todo es educativo y pedagógico. Se trata de desarrollar habilidades para que las personas puedan vivir con mayor autonomía e independencia”.
En la actualidad, la institución atiende diariamente a cerca de 500 personas, entre niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, con procesos que responden a las distintas etapas de la vida, desde la estimulación temprana hasta los entrenamientos socio-ocupacionales.
Ese aprendizaje ocurre en los espacios donde realmente se necesita. “Hay personas con discapacidad que no aprenden solo desde la explicación, sino desde la práctica. Por eso enseñamos en contexto. Si van a aprender a movilizarse, lo hacen en la calle; si van a comprar, lo hacen en una tienda”, señala. Esta lógica también se extiende a los entornos educativos, donde equipos de Álamos acompañan a niños y jóvenes para favorecer su permanencia y participación.
En este proceso, las familias cumplen un papel fundamental. “Buscamos que las familias se conviertan en las más expertas en sus hijos, que puedan conocerlos mejor y acompañarlos con más herramientas”, agrega.
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Hace más de 15 años, esta forma de entender el acompañamiento encontró un punto de conexión con Comfama. La relación surgió de una necesidad compartida. “Había muchas familias cuyos hijos permanecían en casa sin recibir apoyos ni procesos que les permitieran desarrollar habilidades”, recuerda César. A partir de ahí, comenzó un trabajo conjunto que inició desde la salud y la rehabilitación.
Ese primer paso abrió nuevas posibilidades. “Empezamos poco a poco. Primero con un niño, luego con dos, y así fuimos creciendo”, cuenta. Con el tiempo, también crecieron las preguntas. Cómo acompañar desde edades más tempranas, cómo fortalecer la permanencia en el sistema educativo o qué oportunidades ofrecer en la vida adulta.
La respuesta fue fortalecer y diversificar los programas. “Cada vez se han sumado más servicios y más posibilidades para las familias”, señala. Así se consolidaron los procesos de estimulación temprana, las estrategias de inclusión educativa y las rutas de formación para el trabajo. Incluso, hace cerca de diez años, ambas organizaciones ya exploraban la inclusión laboral. “Desde entonces venimos trabajando en el desarrollo de hábitos para el trabajo, incluso antes de que fuera un tema tan visible”, explica.
A este proceso se suma un hito reciente que amplía el alcance de la alianza en el ámbito educativo. Con la llegada de los colegios Cosmo, se abrió una nueva línea de trabajo enfocada en la atención a estudiantes con neurodiversidad. “Nuestros equipos están en las sedes de Cosmo acompañando a los niños que tienen mayores condiciones, apoyando sus hábitos académicos, su comportamiento y su gestión emocional”, detalla César.
Este acompañamiento no solo fortalece la permanencia de los estudiantes en el sistema educativo, sino que amplía el impacto hacia las instituciones. De hecho, una de las sedes, Cosmo Itagüí, funciona en las instalaciones de Álamos, lo que da cuenta de un nivel de articulación cada vez más estrecho.
Recientemente, la alianza incorporó un programa de salud mental que amplía las alternativas de atención para afiliados. “Atendemos a niños, adolescentes y adultos a través de acompañamiento psicológico o equinoterapia”, detalla César. Estos servicios, disponibles a través de la Tienda Comfama, responden a necesidades actuales y complementan los procesos educativos y de desarrollo de habilidades.
Lo que se ha construido es una relación que se sostiene en un propósito compartido. “Comfama y Álamos tienen una misión muy similar: acompañar a las familias y a las personas con discapacidad para que tengan mejores oportunidades y puedan ejercer sus derechos”, explica César.
Esa coincidencia también se refleja en otros espacios. Álamos participa de manera constante en congresos y encuentros promovidos por Comfama, donde comparte su experiencia en temas de inclusión y educación. A esto se suma una forma de trabajo basada en la cercanía. “Hay un componente de humanización muy grande. La manera en que te reciben y te escuchan hace que todo fluya”, señala. “Comfama siempre está pensando cómo ayudar más, y ahí hacemos mucha sinergia”.
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La proyección apunta a la vida independiente, pero ese camino se construye en alianza. “La tendencia es que las personas con discapacidad puedan vivir en comunidad, ser autónomas y no depender siempre de una institución”, explica Pineda.
En ese propósito, la relación entre Álamos y Comfama ha sido clave. Es una articulación que hace posible que estos procesos lleguen a más familias. Álamos aporta su experiencia, sus metodologías y sus espacios; Comfama amplía el alcance y facilita el acceso a estos servicios.
Esa combinación se traduce en resultados: más niños que reciben atención desde edades tempranas, más jóvenes que permanecen en el sistema educativo y más personas que desarrollan habilidades para el trabajo y la vida diaria. “Queremos seguir mejorando lo que tenemos y desarrollar nuevos servicios que respondan a las nuevas realidades”, concluye César.
Ahí está la fuerza de esta relación. En convertir capacidades en oportunidades y en hacer que la autonomía deje de ser una posibilidad lejana para convertirse, cada vez más, en una realidad.
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