El Hay Festival Jericó 2026 nos recordó que pensar sigue siendo un acto profundamente colectivo. En conversaciones sobre filosofía cotidiana, literatura, ciencia, memoria y arte, quedó claro que las grandes preguntas no habitan solo las academias ni los libros densos: viven en la mesa del desayuno, en las decisiones mínimas, en la forma como nombramos el miedo, el amor o la esperanza. Jericó volvió a ser ese territorio simbólico donde la palabra se desacelera y el pensamiento encuentra tiempo para respirar, lejos del ruido y la urgencia.
Uno de los aprendizajes más insistentes fue la necesidad de reconciliarnos con la duda. Las y los invitados coincidieron en que no saber no es una carencia, sino una potencia: la que nos permite escuchar mejor, disentir sin violencia y construir ideas más honestas. La conversación —esa práctica casi en extinción— apareció como un gesto político y afectivo, capaz de tejer comunidad, incluso en un mundo fragmentado por certezas gritadas. En Jericó, hablar fue sinónimo de cuidarnos.
El festival también dejó una enseñanza silenciosa pero contundente: la cultura no es un lujo, es una forma de sostener la vida. Leer, pensar, crear y dialogar no nos aparta de la realidad; nos da herramientas para habitarla con más dignidad y sensibilidad. El Hay Festival Jericó 2026 cerró sin respuestas definitivas, pero con algo más valioso: la certeza de que vale la pena seguir haciéndonos preguntas juntos, con calma, con belleza y con sentido.
