"Estoy verde, no me dejan salir", al llegar a Ave del Paraíso en Aranjuez, me recibió esta canción de Charly García. Caminé un poco más y tras escuchar un par de veces este estribillo que parecía un grito desesperado proveniente de alguna de las plantas del vivero que tenía frente a mí, apareció otro argentino, Damián Castillo, uno de los dueños del lugar y a quien venía a buscar.

Damián, un hombre joven y bonachón, con un acento argentino apaisado y muy diferente al de Charly, me dio la bienvenida a su centro cultural. Me presenté y le conté el motivo de mi visita. Damián ya lo sabía, me estaba esperando. Le dije que quería que habláramos un rato, conocer un poco de su historia, entender ese intermedio entre Argentina y Medellín que lo había llevado a establecerse en Aranjuez, tomarle algunas fotos, y explorar cómo su vida como argentino viviendo en el país, puede hablarnos un poco acerca de lo que significa ser migrante, qué es el nacionalismo, qué significa pertenecer a un lugar, y muchas otras reflexiones que surgen cuando pensamos en eso que celebramos cada 20 de julio en el país.

Me invitó a pasar a otro espacio del centro cultural en el que tiene un juego de sala al aire libre entre el verde exuberante de suculentas y chefleras, y los colores tierra y ocre de materos y piezas de barro hechas en su taller de cerámica. Nos sentamos allí y conversamos un rato. Me contó acerca de sus orígenes en San Francisco, una pequeña ciudad en la Provincia de Córdoba; sobre su interés desde pequeño por las artes marciales y las plantas, de su pasión por los viajes, por el rock, de los países que ha visitado en Latinoamérica, de sus aprendizajes en hostelería, barismo y mecánica y, con especial detalle, de su paso por Bolivia, donde conoció a su pareja, Maira Montoya, artista plástica, con quien lleva un poco más de siete años y el principal motivo de su decisión de quedarse en Medellín.

También hablamos de Ave del Paraíso. De cómo, en el 2020, vieron en un lote usado como parqueadero su potencial para transformarse en un lugar en el que ambos podían desplegar sus intereses y pasiones; sobre cómo poco a poco han ido construyendo y nutriendo de contenidos su centro cultural, en el que, además de ser un café, taller de cerámica y vivero, realizan eventos y dan clases de jardinería y paisajismo. Conversamos acerca de sus amigos en el barrio, algunos de ellos líderes culturales, y sobre sus lugares favoritos en Aranjuez.

Mientras Damián con su calidez y apertura me relataba estos detalles de su vida, me resultaba ineludible preguntarme lo que significa ser migrante, a qué llamamos hogar, qué significa pertenecer a un lugar y las narrativas que construimos colectivamente para explicarnos quiénes somos y qué nos une. Damián, fruto de su arrojo y convicción por su relación con Maira y gracias al trabajo duro por la materialización de sus sueños, ha logrado impactar con su apuesta por el arte y la cultura a través de Ave del Paraíso a su barrio, ha construido amistades, y día a día deja una impronta transformadora en la vida de Aranjuez.

A la luz de esta experiencia, las respuestas a estas preguntas desde conceptos anclados a límites geográficos y a grandes mitos fundacionales parecen débiles y se quedan cortas. Quizás, en el flujo de los afectos y de los vínculos que cultivamos permanentemente con lugares y personas, podemos encontrar respuestas mucho más auténticas e íntimas que, a su vez, nos remiten a elementos comunes y esenciales de nuestra condición humana.

Permanecer y pertenecer como fruto del cultivo de los vínculos. Algo que practica Damián en su cotidianidad con Maira, su comunidad, y sus plantas en Ave del Paraíso; ese hogar que ha construido en el oriente de la ciudad, en el barrio de Aranjuez.
