¿A dónde vamos? Hacía mucho tiempo no escuchaba esa pregunta. Me suena rara, lejana. La falta de opciones y largo tiempo en casa hizo que mi mente quedara completamente en blanco.
Es fin de semana, poco a poco los sitios han comenzado a reabrir y pienso que quiero respirar aire fresco y alejarme de la ciudad, que cada vez se torna más caótica. Un mirador parece buena idea, allí podríamos tomar algo y cenar mientras disfrutamos la vista.
Llamamos para verificar si están prestando servicio. Una mujer al otro lado de la línea nos dice que sí, pero que se reservan el derecho de admisión. En caso de no cumplir con alguna medida de bioseguridad no podremos ingresar.

Después de conducir por una larga, angosta y empinada carretera, llegamos al parqueadero del mirador. La fila de vehículos es un poco más larga de lo que imaginé. Muchos, al parecer, soñábamos con cambiar de ambiente, con salir de casa.
Nos advierten que debemos permanecer en el carro hasta que nos autoricen subir a la entrada. El chico que nos ayuda a parquear en una celda improvisada nos repite constantemente que cuando salgamos del auto debemos tener puesto el tapabocas.
Treinta minutos después nos hacen la señal. Bajamos y caminamos hasta la entrada del mirador, donde nos toman la temperatura, desinfectan los zapatos, nos hacen lavar las manos con agua y jabón y, finalmente, nos piden los datos personales. Nos preguntan si hemos tenido síntomas relacionados con covid-19, si hemos tenido contacto con alguien contagiado o si estamos esperando los resultados de una prueba.

Después del protocolo de bioseguridad, un mesero nos acompaña hasta una mesa en la planta superior del lugar. Por cada mesa ocupada hay dos vacías. Nos sentamos, ojeamos la carta virtual que nos enviaron al celular y, con el estómago rugiendo, ordenamos algo de comer.
Quiero retratar ese momento, quiero deleitarme con la vista y sentirme de nuevo normal. El encierro me hacía sentir ahogada, atrapada. Sabía que debía cuidarme, claro está, pero no fue fácil. Me hacía falta cambiar el paisaje, el aire, mi entorno.
Mientras llega el pedido salgo con mi novio a tomarnos una foto. Nos damos un tiempo para disfrutar ese instante, para respirar aire fresco, para entender que poco a poco somos cada vez más libres.

¡Llegó el pedido! Hacía mucho tiempo no disfrutaba tanto un platillo. Parezco que nunca hubiera salido, me lleno la boca de comida y hasta me atraganto de forma vergonzosa.
Al cumplir con la distancia recomendada, podemos disfrutar de la comida y el espacio sin tapabocas. Solo debemos usarlo cuando vamos al baño, allí debemos lavarnos las manos cada que entramos y salimos.
Ya satisfechos, pedimos que nos empaquen lo que sobró de comida mientras planeamos cuál será nuestra próxima salida. Queremos escaparnos a un pueblito cercano para cambiar la rutina. Sabemos que el virus no se ha ido, sigue aquí, con nosotros, pero nos alienta imaginar la reactivación con responsabilidad y cuidado por los demás.
Poco a poco el cielo comienza a tornarse naranja y rosado, ya va cayendo la noche y es hora de irnos. El tiempo se fue más rápido de lo que esperaba, probablemente por la emoción. Nos paramos, nos ponemos de nuevo el tapabocas y tan pronto emprendemos nuestra salida un mesero corre a desinfectar la mesa.

Nos subimos al carro felices. Siento que recargamos energía y me emociona la idea de poder salir nuevamente con una variedad de opciones cada vez más amplia.
Acepto que el protocolo de bioseguridad me molesta un poco. Se torna largo y lento. Pero poder compartir con ellos una cena, una buena charla y una cerveza fría lo vale. Más aun sabiendo que las medidas son por su bienestar y el mío.



