Como por un capricho del destino, el Teatro Comfama Alfonso Restrepo Moreno, listo desde marzo para el regreso de las artes después de una serie de adecuaciones, se conservó en silencio durante seis largos meses para ser el anfitrión de un concierto legendario: La celebración de los 20 años de Puerto Candelaria.
Qué se iba a imaginar Juan Diego Valencia a sus ochos años, que el piano que era su amor y su martirio, se convertiría en la pieza fundacional de una embarcación que lo llevaría a visitar 34 países y a recibir en un escenario de Miami, con sus propias manos, un Grammy Latino como reconocimiento a un trabajo incansable por la música colombiana y sus nuevos sonidos. Pero Juancho seguía ahí con una seriedad pasmosa, a veces interrumpida por la sonrisa generosa de quién se reconoce testigo de un hito en su vida: los veinte años de un sueño que se cumplen en pandemia y que hoy lo tenían en la previa de un concierto inusual, viendo cómo un gran equipo de producción y bajo estrictos protocolos, le daba vida una vez más a ese gran país de personajes raros que es Puerto Candelaria.

“Colombia es una pregunta, y cada canción, cada disco, es una respuesta”, dice Juancho Valencia cuando le preguntan por nuestro país. Y es que este Sargento Remolacha, como también lo conocemos, ha logrado junto a su banda combinar la danza, el teatro y el humor y ponerle sonido a lo que ellos mismos llaman “las nuevas músicas colombianas”. La lista es interminable si queremos destacar a los compañeros de travesía que lo tenían frente al concierto 111, pero sí o sí, el homenaje parte de Merlín Producciones y su equipo, los genios detrás del primer álbum Kolombian Jazz en el año 2000 y de ocho álbumes más hasta llegar a The Secret Of The Shadow, el último lanzamiento en pandemia.

A contados minutos de las 8:00 p. m. del sábado 29 de agosto todo era movimiento pero reinaba la calma ansiosa de algo pensado milimétricamente. Los videos recién editados de los pregrabados rodados en el día, las cámaras en su punto y los camarógrafos en posición.
En el sonido cada línea chequeada y la ecualización perfecta esperando señal. Al frente del escenario en el que levitaban los zapatos de este largo camino, las sillas vacías representaban al mundo entero expectante.

La música y la producción dio sus frutos y llegó con una armonía tal, que entre las canciones en vivo y los registros pregrabados, se hacían chistes por los comentarios de colegas que no podían creer lo que estaban viendo desde sus casas. Un camarógrafo hizo un en vivo desde sus redes mientras trabajaba, un poco para pavonearse y dispersar cualquier rumor.

En la primera línea de un enérgico concierto fue protagonista Juancho, en el piano y acordeón; Catalina Calle Catt en la voz y Eduardo González en el bajo.Y cerrando la alineación, Didier Martínez, en la percusión; Lucas Tobón en el saxofón y Juan Esteban Rúa en el trombón. La cara visible de un equipo que condensó muchos meses de trabajo en dos horas de fiesta.

Las felicitaciones de los miles de espectadores que siguieron el concierto en vivo no se hicieron esperar y enviaban mensajes que viajaban por igual desde Hungría como desde Jardín, en el Suroeste antioqueño.

¿Y los regalos? Como era de esperarse con las extrañas cosas del Puerto, el regalo vino de la agrupación misma y lo entregaron a los seguidores que hoy hacen posible que este universo exista. Y Juancho Valencia, con el gramófono de nuevo en sus manos, entre aplausos, se encargó de extenderlo de forma simbólica a las cámaras.

Nosotros queremos pensar que el guiño del destino que trajo esta rara celebración luego de un largo silencio, no es más que la causalidad, el reconocimiento y un buen augurio, representado en una imagen: un Grammy que uno de los mejores músicos del país le regala a un Teatro vacío que espera la acción.


